El saldo fiscal de Ceuta y Melilla: 1.800 millones al año
¿Cuánto cuesta que Ceuta y Melilla sigan siendo españolas? Las dos ciudades autónomas arrastran un saldo fiscal desfavorable de 823 millones de euros y, sumando transferencias, el coste anual para el conjunto del Estado rondaría los 1.800 millones. Es la cifra que se pone encima de la mesa cuando alguien decide mirar la partida sin el manual de instrucciones patriótico. Sostener una frontera en el Estrecho cuesta dinero. La pregunta es cuánto, quién lo paga y si compensa.
El desfase que sostiene el Estado
El punto de partida es un saldo fiscal desfavorable de 823 millones de euros atribuido a las dos ciudades autónomas: lo que el Estado ingresa por ellas menos lo que gasta en ellas. Los PIB locales son modestos y dependen en gran medida del sector público, el comercio transfronterizo y el régimen económico especial. No es un secreto contable: es el modelo de financiación que se diseñó para mantenerlas funcionando.
La discusión arranca ahí, y de inmediato se parte en dos aguas. Hay quien sostiene que ninguna región con ese desequilibrio aguantaría un análisis frío sin que se le pidieran explicaciones. Y hay quien responde que el saldo fiscal de una plaza no se mide como el de una sucursal bancaria, porque lo que está en juego no es rentabilidad, sino soberanía y posición geopolítica.
Las ayudas a Marruecos: la partida que no aparece
Al desfase fiscal se le suma, según la lectura crítica, otra capa: los créditos y ayudas que España canaliza hacia Marruecos. Durante 2025 el Estado habría destinado unos 1.000 millones de euros en créditos para infraestructuras, a los que se añadirían cerca de 100 millones en ayudas de comunidades. La interpretación de esa lluvia de dinero varía según quién la cuente: para unos es cooperación estratégica que compra estabilidad en el vecindario; para otros es el precio que se paga para que Rabat no tensione la frontera.
Ahí está el nudo del asunto. Si esas cuantías se consideran parte del coste de mantener la españolidad, la factura sube. Si se consideran política exterior normal, entonces la comparación con Ceuta y Melilla se desinfla.
El argumento del Estrecho
Frente a los números, aparece el valor estratégico. Ceuta y Melilla controlan el flanco norte del Estrecho de Gibraltar, uno de los pasos marítimos más transitados del mundo. Quien defiende ese enclave recuerda que el tráfico de combustibles ya se ha desplazado hacia Gibraltar, con ventajas fiscales que las ciudades españolas no pueden replicar, y que buena parte de la asfixia económica del puerto de Ceuta es decisión política, no fatalidad geográfica. En esa lógica, el territorio vale más que lo que cuesta.
También pesa el argumento histórico: se insiste en que no son colonias, sino plazas de soberanía anteriores a la propia configuración de otras provincias. Como curiosidad, la Segunda República ya coqueteó con ofrecer ventajas territoriales a cambio de neutralidad exterior en 1937, dentro de la llamada Operación Schulmeister, un episodio que se rescata cuando el debate se pone caliente.
¿Y si el problema no es Ceuta?
La otra vuelta de tuerca consiste en comparar. Si el gasto público preocupa, Ceuta y Melilla son una parte pequeña del cuadro: RTVE y los entes autonómicos sumarían 2.500 millones; la cooperación internacional, 4.500; y el respaldo militar a Ucrania se ha cifrado en 17.000 millones. Con esas cifras en la mano, la pregunta es por qué los 823 millones del saldo fiscal de dos ciudades de menos de 200.000 habitantes levantan más ampollas que partidas diez veces mayores.
El cálculo completo, partida a partida, admite muchas variantes y ninguna cuadra del todo. Lo que no discute nadie es que sostener territorio en el Estrecho tiene un precio que alguien paga todos los años.
Al final, la españolidad de Ceuta y Melilla es como la calefacción en enero: carísima, irrenunciable para quien la tiene puesta, y siempre hay alguien convencido de que se podría apagar un rato para ahorrar. Luego llega la factura y ya no parece tan claro cuál era la habitación que había que calentar.