El fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera: lo que no cuadra
La primera mención oficial de la muerte de José Antonio Primo de Rivera llegó un 1 de octubre, no un 20 de noviembre. Para entonces, el fundador de la Falange llevaba meses ejecutado en Alicante, o eso dice el relato oficial. De aquel fusilamiento no hay una sola fotografía. Del cadáver, tampoco. Pocas muertes del siglo XX español arrastran tanto ruido documental sin una imagen que lo respalde.
Detenido en marzo por alboroto público y tenencia de armas –una “mera excusa”, insisten los análisis críticos–, Primo de Rivera pasó por la cárcel Modelo de Madrid antes de ser trasladado. Las inconsistencias del expediente y la tardanza en reconocer oficialmente el fallecimiento alimentan desde hace décadas la hipótesis de una ejecución irregular, cuando no de un magnicidio de Estado.
El testimonio que llegó tres décadas tarde
En 1961, el empresario uruguayo Joaquín Martínez Arboleya, bajo el pseudónimo de Santicaten, publicó en Montevideo el opúsculo «Porque (sic) luché contra los rojos». Allí contó los detalles de la ejecución de José Antonio. El investigador Zavala recuperó el testimonio en su libro «La pasión de José Antonio» (2011), y la prensa española lo ha rescatado después como una pieza que faltaba en el puzle.
Financiación y otras sombras
Las sospechas no se limitan al momento del fusilamiento. La financiación inicial de las JONS con dinero de monárquicos vascos y el posterior salto de Ramiro Ledesma a José Antonio dibujan una madeja que no encaja con el relato heroico de manual. La intrahistoria es más torcida que la estatua de piedra.
Con los testimonios publicados en los últimos años, la discusión ha dejado de ser solo simbólica. Pero sigue faltando lo más básico: una imagen. El 1 de octubre quedó como fecha oficial de una muerte que nadie vio. Extraño, cuando menos.