Mili obligatoria: el 50% a favor, pero no para ellos
El titular suena demoledor: casi la mitad de los españoles apoya el regreso del servicio militar obligatorio. Pero basta rascar un poco para que la estadística se desinfle como un soufflé. La encuesta, realizada por La Razón y recogida en medios afines, esconde una realidad incómoda: el apoyo se concentra en mayores de 60 años, mientras que los jóvenes, los que realmente tendrían que enfundarse el uniforme, lo rechazan de forma abrumadora. Los datos de reclutamiento voluntario y las experiencias en países vecinos cantan otra cosa muy distinta.
El perfil del 'voluntario' a la fuerza
El argumento que circula en los mentideros económicos y sociales es tan viejo como el mundo: los que más vociferan por la mili son los que nunca pisarán un cuartel. Los datos de la encuesta no desglosan por edad, pero el sentido común y otras fuentes indican que el grueso del apoyo proviene de jubilados y prejubilados. Mientras, las Fuerzas Armadas españolas han perdido un 11% de efectivos en los últimos 15 años, según datos del Ministerio de Defensa. Si la población estuviera tan entusiasmada, las listas de espera serían largas, pero ocurre justo lo contrario.
La cruda realidad de los países que ya lo han intentado
Alemania aprobó una ley que obliga a los hombres de 17 a 45 años a solicitar permiso para salir del país más de tres meses, con el objetivo de aumentar el número de soldados. La reacción fue inmediata: protestas masivas y un 84% de rechazo a la idea de un sorteo para el servicio militar, según el barómetro político de la ZDF. El gobierno de Merz tuvo que rectificar y dejar sin efecto la obligación ante la ola de críticas y dudas legales. En Bélgica, el Ministerio de Defensa invitó a 149.000 jóvenes de 17 años a realizar el servicio militar voluntario; solo 3.218 (un 2%) mostraron interés. Dos ejemplos que enterran cualquier entusiasmo juvenil.
La generación INCEL prefiere el Call of Duty
El titular que dio origen a este análisis apuntaba a una supuesta conexión entre el incremento de incels y su ansia por jugar a la guerra real. La ironía es espesa: los jóvenes, lejos de querer empuñar un fusil, prefieren los videojuegos. La mili obligatoria se percibe como un castigo generacional impuesto por unos políticos que no dudan en mandar a otros al frente mientras ellos se quedan en sus despachos. El debate, en el fondo, es una lucha generacional donde los que deciden no pagan el pato.
El dato que nadie acaba de explicar es por qué, si el apoyo es tan alto, las Fuerzas Armadas se encogen como un jersey de lana en la lavadora. Quizá la respuesta sea tan simple como incómoda: las encuestas miden lo que la gente dice, no lo que está dispuesta a hacer. Y cuando toca poner el cuerpo, la cosa cambia.
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