Una clienta pide retirar el anuncio sensual de una panadería
¿Qué tiene que pasar para que una clienta se ofenda con el escaparate de una panadería? En Barcelona, un local ha colocado un vídeo promocional con mujeres en ropa interior manejando utensilios de panadería y en actitud provocativa. Una clienta, Berta, se ha quejado en el programa
Espejo Público y ha asegurado que no recibió respuesta del establecimiento. Según su versión, el Instituto de la Mujer y el Ayuntamiento de Barcelona han dicho que van a retirarlo. El propietario, por su parte, dice estar «profundamente sorprendido» por la reacción y defiende su libertad de autoexpresión.
Qué dice el propietario de la panadería
El dueño del negocio no ha pedido disculpas. Al contrario: ha respondido con un argumento que mezcla la libertad de expresión con el gusto personal. «Me han hablado de la libertad de expresión durante seis años. ¿No te gusta la
publicidad de tartas con modelos de chicas de 30 años en traje de baño? ¿Hablas en serio?», ha declarado. En la misma intervención ha añadido que tampoco le gustan «los abuelos adultos desnudos en la playa pública de Barcelona» y se ha declarado partidario de «las chicas hermosas, productos de panadería de alta calidad, coches hermosos y libertad de autoexpresión».
El razonamiento tiene su lógica interna: si el cuerpo humano no es un problema en una playa, no se entiende por qué sí lo es en una panadería. Pero el local no es una playa. Es un establecimiento abierto a todo el público, con menores entrando a comprar el pan. Ahí está el nudo del asunto.
Qué alega la clienta que denunció el vídeo
Berta sostiene que la ofensa no está en el cuerpo de las modelos, sino en el contexto. En su intervención en el programa de Susanna Griso ha calificado el vídeo de «implícitamente porno» y ha señalado que el contenido es «sexista, vejatorio hacia las mujeres, improcedente en el local donde está y en la Barcelona de 2025». La clienta ha explicado que el asunto está «correctamente vehiculado» gracias al apoyo de amigas y contactos, y que las instituciones han prometido retirarlo.
Hay un detalle en su argumentación que no pasa desapercibido: la apelación a «la Barcelona de 2025» como marco civilizatorio. Como si en otras coordenadas geográficas o temporales el mismo vídeo fuera aceptable. Es un recurso retórico que sitúa el problema en el atraso ajeno y no en el propio criterio.
El doble rasero que señalan las críticas
Buena parte de las reacciones al caso apuntan a una contradicción. En las Ramblas hay tiendas que venden helados y abridores de cerveza con formas fálicas, y nadie interviene. En televisión se emiten programas con contenido sexual a cualquier hora. La diferencia, sostienen, es quién controla el relato.
El argumento se repite con variantes: si el anuncio lo hace un establecimiento alineado con la ortodoxia, se aplaude; si lo hace un panadero que no pertenece a ese círculo, se denuncia. La queja no sería contra la cosificación, sino contra la estética y el emisor. Es una hipótesis difícil de demostrar, pero explica por qué el caso ha generado más indignación que otros escándalos publicitarios similares.
El papel de las instituciones y el precedente
El Instituto de la Mujer y el Ayuntamiento de Barcelona habrían aceptado retirar el vídeo, según la versión de la clienta. No hay confirmación oficial en el material disponible, pero el hecho de que una queja individual active a dos administraciones dice mucho sobre cómo funcionan los mecanismos de censura blanda. No hace falta una ley: basta con una denuncia y una institución dispuesta a escucharla.
La pregunta que queda en el aire es qué criterio se aplica. ¿Es el contenido? ¿Es el lugar? ¿Es quién lo emite? Si el mismo vídeo estuviera en una tienda de lencería, ¿habría problema? Si lo emitiera una cadena de televisión, ¿se retiraría? Las respuestas no están en el expediente.
El negocio, entre la publicidad gratuita y el riesgo
El propietario ha conseguido algo que no estaba en su plan inicial: que se hable de su panadería en medios nacionales. La polémica le ha dado una visibilidad que ningún anuncio convencional le habría proporcionado. Si el vídeo se retira, el local ya tiene el nombre en el mapa. Si no se retira, mantiene el reclamo.
El cálculo económico es sencillo: el coste de la controversia es bajo y el retorno publicitario, alto. La única variable que no controla es la sanción administrativa. Ahí sí puede perder dinero. Pero incluso con multa, la ecuación puede salirle rentable.
Al final, la panadería vende pan. El vídeo vende otra cosa. Y las instituciones, mientras tanto, discuten si el problema es el cuerpo de las modelos o el hecho de que alguien haya decidido usarlo sin pedir permiso.