Comían peor y estaban más delgados: la factura del sedentarismo
La generación que se crió en los años 70 y 80 desayunaba pan con manteca, merendaba bollería industrial y cenaba embutido de dudosa procedencia. Y estaba delgada. No es nostalgia: es una contradicción medible. Los datos que se manejan apuntan a que
el 60,9% de la población española tiene sobrepeso u obesidad y un 13% es diabética. Si antes se comía peor, ¿por qué no engordaban?
La respuesta más repetida es el gasto energético. La vida de entonces se hacía andando, corriendo y saltando. La de ahora, sentado.
La calidad de lo que se comía: manteca de cerdo frente a aceite de palma
Hay quien sostiene que la alimentación de entonces, sin ser sana, era más auténtica. Hay quien sostiene también que un helado de los 70 llegó a tener
un 78% de grasa, casi toda saturada, pero la carne era real y cara y la fruta y verdura, de proximidad y temporada. La bollería se hacía con manteca de cerdo; ahora lleva aceite de palma y aditivos. La diferencia no está en comerse un donut, está en que hoy la comida procesada es barata y está en todas partes. Y en medio de todo, el pan: el blanco ronda un índice glucémico de 70, casi como el azúcar de mesa.
Por qué el pan blanco se compara con el azúcar
En una escala donde la glucosa marca 100, el azúcar blanco se queda en 70 y el pan blanco, también en 70. Las baguettes llegan a 80-90,
sin que nadie se explique cómo. Según el cálculo que se maneja:
100 gramos de pan blanco equivalen a unos 50 gramos de azúcar, casi diez sobres. Quien se zampa un bocata de media barra se ha metido buena parte del azúcar del día sin enterarse. El desglose completo, con las equivalencias y las curvas de glucemia, da bastante más miedo que la cifra resumida.
De ahí salen las posturas más radicales: ni pan, ni azúcar, ni nada que lleve etiqueta. Se relata el caso de un especialista que, ante un diagnóstico oncológico grave, recomendó eliminar de la dieta todo producto envasado. La medida mejora el estado general, pero el propio relato admite que no siempre evita lo inevitable.
El sedentarismo, el factor que casi nadie discute
Si algo comparten las posturas enfrentadas es que los chavales de entonces se movían. La comida no era mejor; el gasto era mucho mayor. De casa al colegio, del colegio a la calle y a jugar al balón hasta que se hacía de noche. Ahora el trayecto es casa-colegio-casa y el resto del tiempo, pantalla. La frase que lo resume: antes en un grupo de chavales existía
el gordo; ahora existe
el delgado.
El balance calórico no admite muchas interpretaciones. Quien ingiere 3.000 kilocalorías y gasta 2.000 acumula 1.000 cada día. Un chaval de los 70 quemaba el
bollycao corriendo; uno de ahora se lo come delante del ordenador. El resultado es una generación que crece con calorías vacías y la mitad del movimiento.
Las cifras que descolocan
Los números que se citan son de escándalo. En Estados Unidos,
un 40% de adultos es obeso y la suma de diagnosticados, no diagnosticados y prediabéticos alcanzaría a la mitad de la población adulta. En España, el 13% es diabético, cifra que sube al
31% entre las personas mayores. Y los diagnósticos anuales, cientos de miles de casos, no dejan de crecer.
La objeción es razonable: si casi todo el mundo consume más azúcar del recomendado, ¿por qué enferma solo una parte? El contraargumento es que el daño se acumula sin que se vea. Hay más fumadores sin cáncer de pulmón que con él, y eso no absuelve al tabaco. Lo mismo con el azúcar.
Ni todo blanco ni todo negro
También en los 70 y 80 había gente obesa. La abundancia se notaba en quien podía permitírsela, mientras el resto trabajaba y comía lo justo. Hay quien recuerda veranos enteros de actividad sin pisar un gimnasio y con abdominales marcados, y quien sostiene que la nostalgia deforma la memoria: mucha gente de entonces también tenía kilos de más, solo que la sociedad no los penalizaba.
El pan vuelve al centro del asunto. Se cuenta el caso de un pariente de 90 años que desayuna pan con tomate desde hace medio siglo y sigue en pie. La lectura sensata: el problema no es un donut de vez en cuando, sino convertirlo en la base de la dieta. El daño llega por acumulación.
Donde el análisis se atasca
Con estos mimbres, la respuesta a por qué la generación de los 70 estaba más delgada parece obvia: menos comida procesada y más movimiento. Pero nadie sabe medir el peso exacto de cada factor. ¿Fue la bollería, el sofá, el azúcar escondido o el envejecimiento de la población? Los que comen normal y viven 90 años desmontan cualquier teoría cerrada. Los que se hinchan a refinados y enferman antes de los 50 la refuerzan. El análisis se queda justo ahí, con el pan en el punto de mira y sin culpable único.