España tóxica: la convivencia convertida en sálvese quien pueda
En España no se puede confiar en nadie. La frase se repite estos días con una insistencia que ya no suena a desahogo personal, sino a diagnóstico cerrado: la toxicidad social habría dejado de ser un defecto de carácter para convertirse en una condición estructural del país. El inventario de agravios cotidianos es minucioso: el que se cuela en la cola, el que se planta en la puerta del autobús y no deja salir, el empujón gratuito, la puñalada por la espalda en la oficina. Nada de eso aparece en ninguna estadística oficial. Todo eso configura, en cambio, una sensación que mucha gente reconoce sin que nadie se la tenga que explicar.
El matiz llega en cuanto se pide el dato. Y los datos, aquí, brillan por su ausencia.
Del 80% al 90%: los porcentajes que nadie ha medido
Las cifras que circulan son de una contundencia sospechosa. Entre el 80% y el 85% de la población sería «gente mala», y el motor de esa maldad sería la envidia: vidas vacías mirando la del vecino. Otra versión sube la apuesta hasta el 90%. No hay muestreo, margen de error ni pregunta de cuestionario detrás de ninguno de esos números. Son estimaciones de sobremesa convertidas en sentido común a fuerza de repetirlas.
Lo llamativo es que el mismo porcentaje se atribuye a Suiza, país con instituciones y niveles de renta difícilmente comparables con los españoles. Si el comportamiento es idéntico en dos sociedades tan distintas, la hipótesis del carácter nacional se cae sola: lo que se describe no es España, es una forma de convivencia que aparece en economías opulentas y muy densas. Donde cooperar deja de compensar, la pillería se convierte en estrategia racional y el que se porta bien parece el tonto del grupo.
Universo 25: el experimento que se cita como profecía
Quienes defienden la tesis de la toxicidad social española recurren a un nombre propio: Universo 25. Lo diseñó el etólogo John B. Calhoun para observar una colonia de ratones con comida y agua ilimitadas y ningún depredador. Al superar cierta densidad, la conducta se rompió: machos hiperagresivos, hembras que abandonaban a las crías, individuos que se retiraban a un rincón y dejaban de interactuar. Calhoun bautizó el fenómeno como «sumidero conductual».
El abuso de la analogía es evidente: extrapolar de roedores a personas es un salto que ningún sociólogo firmaría. Pero la metáfora retiene un punto incómodo: el colapso no llegó por falta de recursos, sino por exceso de fricción. Nadie se muere de hambre en España. Se muere, dice el relato, de desgaste.
La envidia como motor económico
«No se trata de estar bien, sino de que los demás estén peor.» La frase resume el mecanismo que se atribuye al comportamiento colectivo, y tiene traducción económica inmediata: cortoplacismo. La imagen que se maneja es la de quien vende el futuro de sus nietos por 30 euros más de pensión y un bocadillo de chopped. Exagerada o no, describe un sistema de incentivos en el que el horizonte temporal se ha acortado hasta el próximo trimestre.
También se sostiene que los perfiles con más cualificación concentran los peores episodios en el ámbito laboral, y que la fricción no se limita a los desconocidos: alcanza a vecinos, amigos y familia. De ahí a concluir que quien vota a uno u otro partido mayoritario es mala persona solo hay un paso, y es el paso más discutible de todos: convierte una intuición sobre el ambiente en un juicio moral sobre millones de personas que nadie ha preguntado.
La respuesta del que se aísla
La estrategia que más se repite es la retirada: no crear vínculos, no dar confianza, saludar y seguir andando. Incluso cambiar de residencia cuando el ambiente se enrarece, tantas veces como haga falta. Hay una lógica económica en ese repliegue: sin red, el seguro informal contra el paro, la enfermedad o la vejez desaparece, y el coste se traslada al Estado o a nadie. Cada relación que se decide no tener es también un colchón que se renuncia a construir.
El inventario completo de episodios —con escenarios, entornos y desenlaces— es bastante más largo de lo que cabe aquí, y en él se mezclan observaciones razonables con exageraciones de barra de bar. La pregunta de fondo, en cambio, es la misma en todos los casos: si cooperar sale caro, ¿quién sigue cooperando?
Si el diagnóstico acierta, el ajuste vendrá por donde menos se habla: menos lazos, más contratos, más distancia y un Estado que sustituye a la familia y al vecindario en casi todo. Si exagera —y hay argumentos para pensarlo—, la predicción se desinflará sola y no habrá ocurrido nada. Lo que difícilmente va a resolverse es la incomodidad de fondo: cuánto de lo que llamamos carácter nacional es solo el ruido de una época que ha decidido que fiarse de alguien es de tontos.