El espejismo mundialista: ¿qué puede pasar con la economía si España gana?
España está en la final del Mundial. La euforia deportiva inunda las calles, los políticos se pelean por salir en la foto y la maquinaria propagandística se calienta. Pero en los análisis económicos —los que no salen en la tele— planea una sombra: la experiencia de 2010, cuando la fiesta mundialista dio paso a una crisis que se llevó por delante empleos, ahorros y confianza. ¿Estamos a punto de repetir el patrón?
La sombra de 2010: cuando la euforia se desvaneció
El argumento central de quienes miran con recelo el éxito deportivo es la historia reciente. Tras el Mundial de Sudáfrica 2010, España no solo celebró el triunfo: el Gobierno de entonces —también socialista— multiplicó las fotos en la Moncloa, las recepciones y el relato de grandeza. La crisis, sin embargo, ya estaba incubada. Los años 2011, 2012 y 2013 trajeron la peor fase de la recesión: paro por encima del 25%, rescate bancario, recortes que aún colean. La hipótesis que resuena entre analistas independientes es que un nuevo éxito en el Mundial podría actuar como cortina de humo para problemas estructurales que no se han resuelto.
Inflación, deuda y la huida hacia adelante
Los datos concretos escasean en la euforia general, pero hay una corriente que alerta sobre la «brootal inflación» —expresión que capta el clima— y la posibilidad de que el triunfo deportivo sirva para justificar una política de derroche fiscal disimulado. Mientras la selección juega, el precio de la cesta de la compra sigue subiendo, la hipoteca media no da tregua y el paro juvenil se enquista. Que la televisión pública dedique horas y horas al equipo nacional no es inocente: una vez terminado el partido, la realidad volverá a ser la que era.
La política y el factor electoral: ¿elecciones anticipadas?
El otro frente de debate es la instrumentalización política. Se especula con que el presidente del Gobierno —Antonio, como lo llaman en el lenguaje llano de la calle— aprovecharía la ola de popularidad para adelantar elecciones. La jugada recuerda a 2010: el triunfo vestido de rojo, las banderas, el abrazo del poder. Pero la ciudadanía, quemada por crisis previas, podría reaccionar con escepticismo. «Bueno, por lo menos no gobierna la extrema derecha y hasta hemos ganado otro mundial», es una frase que resume el conformismo resignado que temen los más críticos.
No hay respuesta clara. Lo único seguro es que dentro de pocos días sabremos si el trofeo vuelve a casa. Lo que venga después dependerá de si aprendemos algo de la última vez.