La lectura da cultura, no inteligencia: el papel del formato
Un avión, un pasillo y una estampa que funciona como radiografía de época: casi todos los pasajeros con la cabeza gacha sobre una pantalla y una minoría con un libro de papel abierto sobre las rodillas. Sobre esa imagen se monta una pregunta recurrente: si la gente ha dejado de leer, ¿es por eso más tonta? La respuesta más repetida entre los participantes es que no.
La inteligencia es un asunto distinto y, para una mayoría, el soporte —papel, móvil o altavoz— importa bastante menos que lo que se lee en él.
¿Ser culto es lo mismo que ser inteligente?
No, según la línea más repetida. Leer ayuda a ser más culto, no más inteligente, y la inteligencia se defiende como algo innato. Un lector veterano que se presenta como un hombre de cincuenta años sin redes sociales y con la vista gastada de devorar libros sostiene exactamente eso: la lectura da herramientas, pero no fabrica talento donde no lo hay. Otra intervención añade una tesis que ordena el resto del argumento:
es peor ser inculto que poco inteligente, porque el poco inteligente puede vivir razonablemente feliz mientras la falta de cultura se arrastra toda la vida. Y otra intervención afina el matiz: la lectura hace desarrollar la inteligencia, que no es lo mismo que volverse más inteligente. La frontera es fina y explica por qué nadie se pone de acuerdo.
Leer en el móvil también es leer
El soporte no decide nada. Hay quien lee novelas enteras en el teléfono, quien acumula miles de PDF y quien escucha audiolibros hasta quedarse dormido. En la lista entra también la Wikipedia, que un participante consultaba en el móvil mientras su madre le recriminaba estar siempre enganchado a la pantalla. La defensa del formato tiene su contraataque:
quedarse dormido con un audiolibro no es leer. Quien lo dice acumula argumentos razonables, aunque se lleva lo suyo: el que presume de libros puede estar con una novela de quiosco mientras el del móvil avanza con
La insoportable levedad del ser.
La calidad del texto pesa más que el número de páginas
Aquí el consenso es más ancho. De poco sirve acumular títulos si lo que se acumula es entretenimiento de aeropuerto. Se rescata la distinción de Montaigne entre la ignorancia de quien no sabe leer y la de quien ha leído mucho y mal, y se aplica el término griego
sofómoro a quien confunde haber leído con saber. Los ejemplos van en esa dirección: Platón, Adam Smith, Sun Tzu, Clausewitz o Le Bon aportarían más que cualquier lista de ventas. Y hay una queja lateral que retrata el criterio: quien se ha leído diez manuales técnicos de mil páginas no cuenta como lector para según qué auditorios, mientras una novela juvenil sí. Leer por cantidad engorda la estantería, no la cabeza.
¿Cuántos libros hacen falta para saber de economía?
Aquí el asunto se vuelve concreto. Un economista de formación sostiene que
bastan cinco libros adecuados para saber bastante de la materia y admite que buena parte de sus compañeros de promoción saben menos que un ingeniero o un físico aficionado que se lo haya tomado en serio. Su lista, con mucha filosofía y pocas matemáticas, es esta:
- La riqueza de las naciones
- Dinero, crédito bancario y ciclos económicos
- El inversor inteligente
- La acción humana
- Utilitarismo
Frente a eso, otro argumento que circula: con
tres libros sobre cualquier materia uno ya pasa por experto ante el 80% de la gente, hasta el punto de poder debatir en un medio sin que nadie note el hueco. El caso que se saca a relucir es el de un estafador que engañó a todo el mundo haciéndose pasar por lo que no era.
El que lee y da lecciones, el que no lee y presume
Dos figuras generan tirria parecida. La primera es el lector que suelta lo leído sin que nadie lo haya pedido, capaz de convertir una comida familiar en un seminario. La segunda se ha instalado con más fuerza: el que se enorgullece de no abrir un libro, y encima lo exhibe. Hay quien traza además un mapa ideológico, según el cual la lectura llevaría a posiciones progresistas mientras el hombre de campo sin libros hablaría de familia, trabajo y orden. Es una tesis, no un dato, y conviene tratarla como lo que es.
Y el argumento que da la vuelta al hilo, según uno de los participantes:
nunca se había leído tanto. Mensajes, artículos, comentarios, pantallas encendidas todo el día. El papel se ha caído, la lectura no. Lo que se ha perdido es otra cosa: el rato largo, sin interrupciones, con un texto que no compite contra una notificación. Hay quien recuerda que muchos de los que dicen no tener tiempo para leer dedican cuatro o cinco horas diarias a las redes. El problema no es cuánto se lee, sino cuánto tiempo se aguanta leyendo lo mismo.