Huerta de mínimo esfuerzo: comer del huerto sin apenas trabajar
Cavar en otoño, sembrar habas y guisantes, y no volver a pisar el bancal hasta la primavera. Ese es el núcleo del llamado sistema equinoccial, un método de aprovechamiento máximo del terreno pensado para zonas sin riego en verano pero con lluvia invernal, que se ha convertido en el eje de una de las discusiones más densas sobre autosuficiencia alimentaria. La propuesta parte de una premisa incómoda: la mayor parte del trabajo hortícola se concentra en verano, precisamente cuando el agua escasea y las malas hierbas campan a sus anchas. Desplazar el esfuerzo a los meses húmedos cambia el cálculo.
El planteamiento es sencillo de enunciar y difícil de discutir sin datos. Habas y guisantes se siembran en otoño, aguantan el frío, aprovechan el agua de la lluvia y dan fruto en primavera. Las habas necesitan tutor con palo y cuerda porque las vainas las tumban; los guisantes se siembran en bloque, en líneas diagonales formando un cuadrado, y se dejan crecer hasta formar una masa compacta a la altura de la cintura. Si el calor llega antes de tiempo y se echa a perder la cosecha de guisantes, siempre quedan las habas, que se pueden consumir secas como las alubias tras rehidratarlas.
Dos cultivos, cero riego, una cosecha garantizada por redundancia.
Qué se puede plantar después de habas y guisantes
Con riego disponible, el verano admite judías verdes, tomates, pimientos y demás cultivos conocidos. Sin él, toca esperar. La segunda parte del sistema llega cuando la huerta queda vacía: col, berza, puerro, coliflor, coles de Bruselas, repollo, escarola, cebolla, cebolleta, col lombarda, rabanitos, nabo, remolacha. Todos se arrancan de semillero hecho en primavera y regado de vez en cuando, porque
regar siete u ocho cajitas de madera es más fácil que regar una huerta entera, y además se ahorra el escardado de las malas hierbas estivales. En invierno, la competencia vegetal es mínima.
El trasplante exige una condición que muchos pasan por alto: que el tiempo a partir de la plantación sea lo bastante húmedo para que los plantones no se sequen. Con riego se pueden meter en cuanto se levantan los tomates, y crecen más rápido, pero requieren más atención. Sin él, hay que esperar a que el cielo colabore.
Plantas que crecen solas y plantas que exigen riego
La clasificación que se hace de los cultivos según su demanda hídrica es uno de los puntos más prácticos de todo el planteamiento. En el grupo de las que solo piden agua el fin de semana está el calabacín, que sin estiércol abundante no aguanta y no da la sorpresa esperada cada siete días. También el orégano, que se corta cuando asoma la flor o justo antes.
En el extremo opuesto, las autosuficientes. La aguaturma produce rizomas que nunca se acaban del todo:
un trozo del tamaño de un pulgar genera una planta de más de dos metros si se le da sol pleno todo el día. El romero es perenne, se corta durante todo el año y condimenta cualquier plato. La chumbera, un cactus que da frutos rojo anaranjado cubiertos de espinitas y cuyas palas tiernas también se comen, prospera en suelo soleado y arenoso.
Garbanzos, lentejas y patatas: el secano que no siempre perdona
Los cultivos típicos del secano español —garbanzos, lentejas, alubias— funcionan con poco agua, aunque las alubias son más exigentes que las demás. Las patatas merecen un apartado propio: con mucho estiércol y cavadas a fondo pueden dar una cosecha aceptable, pero
basar en ellas la alimentación básica es una apuesta arriesgada porque el resultado puede ser ruinoso. Con riego, en cambio, la cosecha está prácticamente garantizada salvo por el escarabajo, que se combate rociando azufre en tiempo cálido. El mildiu, tan citado en los manuales, es casi imposible en España salvo en las zonas húmedas del norte, porque requiere hojas mojadas la mayor parte del tiempo.
Los cereales —trigo, cebada, avena, centeno, sorgo y una variedad de maíz negro que, según se cuenta, aguanta bien la sequía— completan el cuadro. El maíz negro aún no se ha probado, se admite de oídas.
El nogal, el almendro y los frutales que dan sin cuidarse
Los árboles entran en la ecuación con cifras concretas. Un nogal con muy poco cuidado puede dar en torno a
200 nueces, una cantidad perfectamente aprovechable. Los manzanos también interesan: si se envuelven las manzanas una a una en papel de periódico y se guardan en cajas de cartón, una pieza picada no contagia al resto y la conservación se alarga mucho. El almendro es más rústico que el nogal, pero tiene problemas de heladas tardías según zona y variedad. Y hay que vigilar la carpocapsa, que ataca por igual a manzanos y nogales y puede apolillar un porcentaje alto de la cosecha.
El chayote aparece como cultivo de bajo mantenimiento: se planta una vez, trepa por los árboles y suelta el fruto cuando arrecia el viento y la lluvia. Se come crudo, en puré o relleno. Su sabor es bastante neutro. La advertencia llega desde otra esquina:
una planta parecida al chayote, con fruto cubierto de pelillos y semillas que estallan al tocarlas, se ha identificado como invasora y puede engancharse a los árboles hasta secarlos.
Proteínas, silvestres y el problema de las horas
Las vitaminas son fáciles de conseguir en el monte; las proteínas, no. Están en raíces, frutos harinosos —castaña, bellota, hayuco, nuez— y en la carne de animales. Para una supervivencia planificada, gallinas y conejos en corral son un aporte proteico seguro, aunque de los conejos se oyen críticas por su facilidad para enfermar. Si hay espacio, la cabra da leche. La lenteja de agua, que se multiplica hasta cubrir cualquier superficie en pocos días y alcanza
hasta un 38% de proteína en su biomasa, se cría en un barreño al sol, aunque el riesgo de convertirse en criadero de mosquitos se resuelve metiendo peces.
El contrapunto llega con el esfuerzo.
Hombre con huerto, hombre muerto, resume un hortelano que recuerda que sin maquinaria el kilo de tomates sale a dos euros. Frente a eso, quien sostiene que dos almendros, un limonero, dos manzanos y unos metros de tomateras dan cosechas que se pudren por no poder consumirlas. Y quien apunta que las patatas, en cubos agujereados con buena tierra, crecieron solas y profusamente. La discusión no se cierra: el rendimiento depende del suelo, del agua y de cuántas horas esté uno dispuesto a doblar el lomo.