Alemania frena la nacionalización de Gazprom por temor a Putin
El Gobierno de Olaf Scholz tenía sobre la mesa nacionalizar por completo la antigua filial alemana de Gazprom. La operación habría blindado un activo estratégico en plena invasión de Ucrania. Berlín la descartó. El motivo que se le atribuye es evitar irritar a Vladímir Putin y exponerse a que Moscú cierre el grifo del gas. El anuncio, difundido en redes, alimentó la queja recurrente en el debate: la mayor economía del continente parece más ocupada en no incomodar al agresor que en proteger su propia infraestructura energética.
¿Por qué Alemania no nacionaliza la filial alemana de Gazprom?
La razón que se cita no es técnica ni presupuestaria. Es diplomática. Según la información que circula, el Ejecutivo teme que una
nacionalización completa «pueda» irritar al Kremlin y desembocar en un corte del suministro. El matiz importa: nadie argumenta que la medida sea inviable, solo que resulta inconveniente por las consecuencias políticas que acarrearía. Ahí está, para buena parte de los análisis, el retrato de un
apaciguamiento que ya no se disimula. Un Ejecutivo que prefiere gestionar el riesgo antes que el activo.
Hay quien sostiene que la cautela alemana es la única salida razonable para un país que aún depende del gas ruso y no tiene sustituto a corto plazo. En contra pesa el argumento opuesto: aplazar la decisión no elimina el problema, solo lo traslada y encarece el precio político. Y de fondo, la sospecha incómoda: ¿se gobierna el interés nacional o el miedo a la reacción ajena?
El apaciguamiento como doctrina: de Merkel a Scholz
La escena no es nueva. Un mensaje del hilo recuerda que Angela Merkel admitió en su momento que la independencia de Kosovo, el escudo antimisiles de la administración Bush y el plan de acción de la OTAN para admitir a Ucrania «decepcionaron mucho» a Putin, y que no quiso
provocar más su ira. Aquella lógica de no tensar la cuerda hereda ahora en el canciller socialdemócrata una versión más descarnada: la del país que calcula cada gesto por si molesta al vecino que invade.
El lenguaje del apaciguamiento tiene una gramática reconocible. «Para no molestar». «No vaya a ser que se irrite». «Lo mismo se lo toma a mal». Fórmulas que, aplicadas a un Estado que bombardea ciudades, suenan a disculpa preventiva. La discusión no es si Alemania debe tener gas, sino a qué precio renuncia a actuar.
El terremoto electoral alemán y la coalición que no llega
Los sondeos que se manejan en la conversación dibujan otro problema. Con las cifras sobre la mesa, el partido del canciller mantiene un apoyo millonario —del orden de doce millones de votos, según un mensaje del hilo—, pero el sistema electoral alemán convierte esa masa en una representación que chirría: seis millones y medio de votos se traducen en dieciséis escaños, mientras que diez millones y medio saltan hasta noventa y ocho, según un cálculo que circula en el debate. La proporcionalidad, en la práctica, tiene sus trampas
(y no pequeñas).
El escenario que muchos consideran lógico sería una coalición entre democristianos, verdes y liberales, la fórmula que nunca llegó a formarse. El conflicto, sostienen, no ha hecho más que evidenciar el desgaste de los socialdemócratas, atrapados entre su pasado energético y su presente de gobierno.
Los lazos del SPD con Moscú, bajo sospecha
Sobre el partido del canciller pesa una acusación recurrente: la de haber estado ligado durante décadas a los intereses gasísticos rusos. Gerhard Schröder, excanciller, es la cara más citada de esa relación. Las críticas apuntan también a nombres propios del partido en la gestión de proyectos energéticos con Rusia. Conviene el matiz: se trata de señalamientos publicados, no de condenas firmes, y buena parte está aún por documentar.
Lo que no admite discusión es el giro de los socios. Los verdes, antaño firmes en la crítica a la dependencia del gas ruso, han ejecutado una corrección de rumbo notable: aceptan que hay que seguir comprando gas, pero rechazan cualquier condescendencia con quien bombardea al vecino. La frontera entre pragmatismo y sumisión, dicen, está exactamente ahí.
Quién gana y quién pierde en el pulso energético
En el fondo del asunto late un reparto de cartas. Alemania es la que tiene más que perder si el conflicto se enquista: su industria, su factura energética, su posición en Europa. Reino Unido, en cambio, aparece en algunos diagnósticos como actor con menos dependencia directa y más margen para endurecer el tono. Mientras, la idea de un «mundo libre» liderado desde Washington genera tanto crédito como recelo.
No faltan lecturas que ven en el episodio el síntoma de un orden en transición, con potencias que reparten influencia y un continente que descubre su dependencia. La cobardía, en este marco, no es un defecto de carácter: es un método de gobierno con costes concretos.
Con el gas en juego, con la industria pendiente del suministro y con unas elecciones que podrían reordenar el mapa, la pregunta que nadie cierra del todo es sencilla: ¿cuánto tiempo puede sostener Europa una política exterior que se define por lo que no se atreve a hacer?