HIMARS y artillería: las cuentas que no salen en Ucrania
Un cálculo difundido en el contexto del conflicto ucraniano pone cifras a algo que, según quien lo plantea, el relato oficial evita: destruir el suministro de munición ruso de un solo día exigiría unos 1.800 cohetes HIMARS, con un coste aproximado de 270 millones de dólares diarios. El dato, difundido en un análisis que circula por redes y foros de defensa, no pretende describir una operación real, según su autor, sino medir la distancia entre la propaganda y la aritmética.
El punto de partida es conocido: la ayuda militar occidental a Ucrania se vende como un factor decisivo en el campo de batalla. El análisis sostiene lo contrario. Militarmente, dice, sirve de poco. Políticamente, ata a Europa a la órbita angloamericana. Y económicamente, es un negocio para quien la produce y vende. Un triple beneficio para Washington, según esta tesis, con los europeos pagando la factura.
La aritmética del HIMARS: 1.800 cohetes para un día
El cálculo parte de una premisa artillera. Rusia consume, según esta estimación, unas 3.000 toneladas diarias de munición. Repartidas en 150 almacenes centralizados de unas 20 toneladas cada uno, destruirlos exigiría 150 ataques exitosos al día. Cada HIMARS lanza seis cohetes antes de recargar, y como mucho puede ejecutar dos misiones diarias si se quiere que el sistema dure. Con una tasa de éxito del 50% —que el análisis califica de brutal— harían falta unos 150 lanzadores activos simultáneamente.
La cuenta final: 1.800 cohetes diarios a 150.000 dólares la unidad, es decir, 270 millones de dólares al día solo para cortar el flujo de munición ruso durante 24 horas. Y eso suponiendo que no se pierde ningún lanzador, que la inteligencia es perfecta y que el personal está formado. El material completo, desglosado partida a partida, incluye otros objetivos —soldados, tanques, fortificaciones, aviones— que el análisis reconoce no poder cuantificar.
El coste real del objetivo destruido
La comparación de costes es el argumento más incómodo. Destruir un almacén con 20 toneladas de munición rusa —mayoritariamente proyectiles de 152 mm, de unos 50 kilos con propelente— supone eliminar material valorado en unos 40.000 dólares. El ataque, con una andanada completa de HIMARS, ronda el millón. La asimetría es evidente: se gasta veinticinco veces más en destruir que el valor de lo destruido.
Hay quien sostiene que un misil bien colocado destruye mucho más de lo que cuesta si acierta en un depósito. El problema es la escala. La ayuda entregada hasta la fecha, señalan los análisis más escépticos, es ridícula en cantidad para alterar el curso global de la guerra. Un número pequeño de lanzadores —una decena— puede tener efecto en un punto local del frente. Eso nadie lo niega. Lo que se discute es si eso cambia algo a gran escala.
La propaganda como arma: del Javelin al HIMARS
La secuencia de sistemas presentados como decisivos es ya una tradición. Primero los drones turcos, que iban a acabar con los tanques rusos. Después los misiles Javelin. Luego los obuses M777. Ahora los HIMARS. Cada uno, en su momento, fue vendido como el arma que cambiaría la guerra. Cuando el humo se disipa, llega el siguiente.
El efecto propagandístico es real y tiene una función. Mantener la moral, justificar el gasto y sostener el relato. Pero confundir la propaganda con el análisis militar tiene consecuencias. Los ataques con otro tipo de misiles, señalan algunas voces, se publicitan como HIMARS sin distinción. Y los objetivos, mientras no haya guiado preciso, tienen que ser estáticos: almacenes fijos, no columnas en movimiento.
El negocio y el desgaste europeo
La dimensión económica es la que menos se discute. La ayuda no es un regalo: es una venta. Los anglosajones no regalan nada, venden. Y de paso, el conflicto empobrece a sus aliados europeos y los mantiene alejados de Rusia, que era su proveedor energético más barato. El objetivo, según esta lectura, no es Ucrania. Es Alemania. La OTAN se creó, según la cita que circula, para tener a los rusos fuera, a los americanos dentro y a los alemanes debajo.
El resultado es una Europa enemistada con su principal proveedor de hidrocarburos, con una economía sacrificada y sin capacidad de revertir la situación. Los dirigentes actúan contra los intereses de sus ciudadanos, y la población, según esta tesis, lo acepta. La pregunta que queda flotando es incómoda: si la ayuda no va a servir para que Ucrania gane, ¿para qué se sacrifica la economía europea?
La reconstrucción de Ucrania será el siguiente capítulo. Los 700.000 millones que se mencionan en algunas estimaciones no van a verse en el país. Como en Afganistán, donde se habla de billones invertidos y el país sigue igual, alguien se los llevará. Con dinero ajeno, esta vez. Y los que paguen serán, otra vez, los mismos.