Zaragoza: la batucada feminista que desata el debate
Una marcha feminista en Zaragoza. Un vídeo con tambores. Y, de fondo, una pregunta que reaparece cada vez que las calles se llenan de percusión: ¿por qué siempre una batucada? La escena, captada en una calle de la capital aragonesa, ha servido para que la conversación derive hacia terrenos que poco tienen que ver con el motivo de la convocatoria. El ritmo como seña de identidad, sí, pero también como detonante de un rosario de reproches cruzados que van del presupuesto público al papel de la mujer en la sociedad contemporánea.
El punto de partida es casi siempre el mismo: un grupo de mujeres, tambores, coreografía y una estética común. A partir de ahí, cada cual arrima el ascua a su sardina. Hay quien ve en la percusión colectiva una metáfora de la disolución del individuo en la masa; hay quien la interpreta como una elección estética deliberada, sencilla y accesible. Y hay, cómo no, quien aprovecha para ajustar cuentas ideológicas que trascienden la propia marcha.
¿Por qué las marchas feministas suelen llevar batucada?
La pregunta no es baladí. La batucada, ese conjunto de tambores y percusión de origen afrobrasileño, se ha convertido en banda sonora habitual de manifestaciones de todo signo, pero especialmente de las convocatorias feministas. La razón, según se desprende de la discusión, tiene que ver con la accesibilidad: no hace falta formación musical avanzada para marcar un ritmo, y eso permite que cualquiera se sume. Es música de participación, no de virtuosismo.
Ahí está el primer punto de fricción. Para unos, esa sencillez es una virtud democrática:
la percusión es la música más sencilla, la única a la que puede acceder quien no ha estudiado solfeo. Para otros, esa misma sencillez es un síntoma de falta de ambición artística, cuando no de una supuesta inferioridad intelectual. La discusión, como se ve, no va de música.
En el fondo late una cuestión de fondo: ¿es la batucada una elección estética o una imposición del guion? Los hay que sostienen que la percusión colectiva encaja como un guante en un tipo de convocatoria donde
no hay solistas que destaquen, donde todas visten igual pero con detalles diferenciadores, y donde el esfuerzo físico compartido genera una sensación de logro colectivo. La coreografía, la práctica, el cansancio final: todo apunta a una liturgia laica con sus propios ritos.
El coste de las convocatorias y la guerra de la financiación
Si hay un tema que reaparece con fuerza es el del dinero. ¿Quién paga esto? La pregunta, formulada con retintín, esconde una acusación más amplia: que las convocatorias feministas viven de subvenciones y asociaciones que justifican su existencia con actos periódicos.
La sombra de la paguita planea sobre buena parte de los comentarios, aunque nadie aporta una cifra concreta de lo que cuesta una marcha como la de Zaragoza.
El asunto deriva rápidamente hacia un rifirrafe más general sobre el gasto público. Unos acusan a los convocantes de vivir del erario; otros responden que quienes critican las ayudas ajenas suelen callar cuando las reciben ellos. La discusión se convierte en un intercambio de reproches sobre quién chupa más del presupuesto, sin que nadie presente una sola factura. Es el clásico
y tú más elevado a categoría de debate público.
Lo llamativo es que la marcha en sí queda en segundo plano. El vídeo muestra a un grupo de mujeres tocando tambores en una calle, pero la conversación se desplaza hacia terrenos como la utilidad de las asociaciones feministas, el destino de las subvenciones o la supuesta falta de cotización de las participantes.
Entre todas no han cotizado ni un año, llega a afirmarse, sin que nadie aporte dato alguno que lo respalde.
De la percusión al prejuicio: el ritmo como excusa
Hay un hilo subterráneo que recorre toda la discusión y que conviene señalar: la asociación entre ritmo repetitivo y primitivismo.
Es algo rítmico, tribal, primitivo, se afirma, para inmediatamente después vincularlo con un supuesto estadio pre-paleolítico de la sociedad. La música de percusión, viene a decirse, funde al individuo con la masa y aviva instintos básicos. La conclusión implícita es que quien participa en una batucada está renunciando a su capacidad de raciocinio.
El argumento tiene poco de original. Es la vieja acusación contra toda música colectiva, desde los tambores de guerra hasta los himnos de estadio. Lo que llama la atención es que se aplique con tanto entusiasmo a una marcha feminista concreta. La batucada, en este contexto, funciona como significante vacío: cada cual le cuelga su prejuicio. Para unos es una muestra de falta de creatividad; para otros, de falta de recursos; para los más agoreros, de una supuesta involución social.
La discusión también deja ver una obsesión recurrente: la estética.
Esas camisas y esos pantalones, se comenta, como si el atuendo fuera parte del problema. La apariencia de las participantes se convierte en objeto de escrutinio, lo que dice bastante sobre el tono general de la conversación. Se juzga el envoltorio, no el contenido.
El contexto: una Zaragoza que se llena de marchas
Más allá del caso concreto, late una queja sobre la acumulación de convocatorias.
¿Cuántas manifestaciones, marchas o polladas tienen esta gente?, se pregunta con exasperación. La sensación de saturación es real para quien vive en una ciudad de cierto tamaño: un sábado cualquiera, el centro se corta, las calles se llenan de banderas y el paseo tranquilo se convierte en un ejercicio de paciencia.
La descripción que hace un participante de esa experiencia es casi literaria: banderas palestinas, republicanas y del Orgullo en los balcones, murales conmemorativos encargados por el ayuntamiento, manifestaciones que obligan a dar rodeos.
Vivir en una ciudad de cierto tamaño debe de ser una risión, sentencia. La exageración es evidente, pero captura un malestar difuso que trasciende el caso de Zaragoza.
El problema, si es que lo es, no es la marcha en sí, sino la sensación de que la vida urbana se ha convertido en un calendario permanente de reivindicaciones. Cada fin de semana tiene su causa, su recorrido y su batucada. Y eso, para quien solo quiere tomar un café en una terraza, puede resultar agotador. La queja no es nueva, pero encuentra en este tipo de convocatorias un blanco fácil.
Lo que el vídeo no muestra
El vídeo que originó la discusión muestra a un grupo de mujeres tocando tambores en una calle. Poco más. No hay cifras de asistencia, no hay declaraciones de las organizadoras, no hay contexto sobre el motivo de la convocatoria.
La única verdad es que son cuatro gatos, afirma alguien, aunque tampoco aporta datos que lo confirmen. La percepción de que las marchas feministas movilizan a poca gente es recurrente, pero no se sostiene con evidencia en el material disponible.
Lo que sí se percibe es una brecha generacional y de género en la forma de interpretar la escena. Para unos, es una muestra de vitalidad social; para otros, una pérdida de tiempo colectiva. La batucada, con su ritmo hipnótico y su capacidad de arrastrar, amplifica esa división. Es difícil permanecer indiferente ante un tambor.
Y ahí está, quizá, la clave de todo. La batucada no es solo música: es una declaración de intenciones. Ocupa el espacio público con sonido, obliga a mirar, interrumpe la rutina. Por eso genera tanta adhesión y tanto rechazo. No es un fondo musical: es el mensaje mismo.
La marcha de Zaragoza, como tantas otras, pasará. Pero la pregunta inicial seguirá flotando: ¿por qué siempre una batucada? Quizá porque no hay mejor manera de recordar que la calle también es de quien la toca.