El Rey no está en Ceuta: la corona española se juega su prestigio
La monarquía española está cavando su propia tumba. O quizá no, porque la Constitución de 1978 la blindó de tal manera que solo un pacto de élites podría moverla. Pero la crisis de Ceuta ha abierto una herida que no se cierra con jurisprudencia. Mientras Zarzuela confirma que Felipe VI visitará la ciudad autónoma, sin fecha, la presión crece: ¿qué espera? ¿A que la foto sea menos incómoda?
La respuesta no es sencilla. En una monarquía parlamentaria, el Rey no decide sus movimientos por libre. Hay quien sostiene que el Gobierno de Sánchez le tiene atado, que no le deja ir a Ceuta mientras la crisis fronteriza arde. Otros recuerdan que Juan Carlos I iba a donde le daba la gana, callaba a presidentes y hasta negociaba inversiones para España. El contraste entre el padre y el descendiente alimenta la leyenda de un Felipe VI sometido.
¿Puede el Rey ir a Ceuta sin permiso del Gobierno?
Para unos, el protocolo es el límite: si la Moncloa no lo autoriza, el capitán general no se mueve. Para otros, es una excusa. La imagen del Rey en las regatas mientras Ceuta espera ha dado la vuelta al debate. Hay quien la ve bailando «despacito» con todas las chapas puestas a modo de sonajero, metáfora absurda pero efectiva del momento.
La realidad constitucional es matizable. El Rey es el jefe del Estado y capitán general de las Fuerzas Armadas, pero sus actos refrendados por el Gobierno. Eso, en la práctica, significa que necesita el visto bueno de Sánchez. Los que defienden al monarca subrayan esta dependencia; los que le atacan, que un rey de verdad no se esconde.
El blindaje constitucional de la corona
Más allá de Ceuta, el debate de fondo es el futuro de la institución. Suprimir la monarquía exige un proceso casi imposible: dos tercios del Congreso y del Senado, disolución de las Cámaras, nuevas elecciones y otro refrendo de dos tercios, y finalmente un referéndum. Con el actual arco político, ningún partido mayoritario lo va a impulsar. La conclusión de muchos es que «vais a tener monarquía para rato».
Pero el coste de mantener una institución que se percibe como un chollo vitalicio y hereditario, sin responsabilidad efectiva, se paga en desafección. La crítica viene de todos los flancos: de los republicanos, que la ven insostenible; de los monárquicos decepcionados, que acusan a Felipe VI de haber roto con la talla de su padre; y de los que sostienen que la Casa Real se ha convertido en una mar1 del Gobierno de turno.
Ceuta, el escenario perfecto para la crisis
La crisis fronteriza es el catalizador. No es solo una cuestión de migración o soberanía; hay quien apunta a intereses geopolíticos de fondo: el rearme de Jovenlandia por parte de Estados Unidos, la rivalidad con Argelia por el Sáhara Occidental y los fosfatos, e incluso teorías conspirativas con mapas del Club de Roma de 1973 y el empeño de Trump con Groenlandia. Todo ello forma un cóctel que ha convertido Ceuta en un símbolo.
La imagen de «fiesta en Roma con los bárbaros a las puertas» refleja el sentir de quienes creen que el Rey está al margen mientras el país se juega algo importante. Zarzuela confirma que irá, pero sin fecha. Cada día sin gesto, la monarquía pierde su último activo: la utilidad simbólica. Y esta herida, previsiblemente, no se cerrará sola.