La retirada del jack 3.5 mm: quitar una pieza para vender otra
Un hombre rebusca en su Samsung S22 el agujero donde enchufar los auriculares que venían con su móvil anterior. No hay agujero. Su hija lleva quince días partiéndose cada vez que recuerda la escena. El detalle resume un cambio que arrancó en la gama alta, la de los terminales de
600 € o más, y que se ha ido extendiendo hasta parecer lo natural: el conector jack de 3,5 mm, la salida analógica de auriculares de toda la vida, ha desaparecido de los smartphones. Solo la gama baja y algunos modelos de la media lo conservan. La tendencia, sostienen los más pesimistas, acabará por arrasar los que quedan.
Porque la tesis que se impone no es amable: no estamos ante una mejora técnica, sino ante un recorte. Y los recortes, en electrónica de consumo, rara vez vuelven.
¿Por qué los móviles ya no llevan salida de auriculares?
Los motivos oficiales fueron dos: aumentar la resistencia al agua y no malgastar el espacio que ocuparía un jack que tuviera que ser estanco. Apple lo hizo primero y fue el hazmerreír de la industria, con anuncios de la competencia burlándose de la ocurrencia. Al poco, los fabricantes de Android que se reían lo copiaron en sus gamas altas. Las resistentes al agua, cómo no.
El razonamiento no cuadra del todo. Los terminales siguen engordando y creciendo en pantalla, y el grosor apenas se mueve. Si el espacio fuera el problema, no se entiende que los cuerpos se ensanchen sin devolver el conector. De ahí la sospecha mayoritaria: el jack no se quita por ingeniería, se quita para empujar al comprador a otro desembolso.
Del adaptador a los auriculares bluetooth: lo que cuesta el cambio
La lógica comercial se resume con crudeza: quien se deja
600 € en un móvil también tendrá
200 € para unos auriculares inalámbricos del estilo de los airpods. Para quien no quiera pasar por caja queda el parche del adaptador USB-C o Lightning a jack, una pieza que devuelve el sonido por cable pero ni es tan cómoda como la salida integrada ni ofrece garantías de durar. Algunos fabricantes, como Xiaomi, llegaron a
regalar el adaptador; otros, sin más, obligan a comprarlo.
Las alternativas existen y son baratas, aunque desiguales. Hay auriculares inalámbricos desde
15 € y modelos de la gama más baja —los Xiaomi que rondan los
6 € en AliExpress— que, si aguantan seis meses sin dar guerra, ya se dan por amortizados. Los auriculares con cable y entrada USB-C en lugar de jack completan un catálogo que a veces se olvida.
La calidad de sonido: por qué el cable sigue ganando
La crítica es técnica y difícil de rebatir. El audio por bluetooth viaja comprimido con pérdida, y quien trabaja con sonido lo tiene claro: la conexión inalámbrica es una castaña para escuchar música en condiciones. La defensa de la comodidad se topa con un argumento que no depende del oído: mucha gente no distingue una canción a
128 kbps de otra a
192 kbps, pero con altavoces o cascos decentes la diferencia salta sola.
Frente a eso, el cable juega con ventaja. Unos cascos AKG de
50 € pueden durar toda una vida y, si algo falla, casi siempre es el cable, que se sustituye por otro. USB-C y Lightning, con adaptador de por medio, siguen siendo compatibles al cien por cien con el estándar fijado en
1950.
Obsolescencia y residuos: el problema de la batería que no se cambia
El argumento ecológico se vuelve aquí contra los inalámbricos. Son dispositivos más complejos, con batería que el usuario no puede intercambiar, autonomía corta entre cargas y vida útil reducida. Más chatarra electrónica por cada par que se muere. Los pequeños, además, son consumibles de manual: se pierden, se estropean y se reponen. La batería de los más baratos, cuentan quienes los han probado, no llega ni a dos horas.
La sospecha de fondo es que la desaparición del jack no es un caso aislado, sino la misma deriva que enterró la batería extraíble de los móviles. Cada pieza que el usuario podía mantener o reparar se convierte en un servicio o en un recambio.
¿Es el jack una reliquia como el VGA o el lector de CD?
El contraargumento tiene su fuerza: hubo un tiempo en que medio mundo se quejaba de que quitaran los lectores de CD o DVD, y todavía queda quien espera el retorno del Blu-Ray. La estandarización del archivo digital, dicen, dio libertad absoluta a creadores y usuarios, sin límites de soporte. Quien defiende la retirada del jack invita a
pasar página.
La comparación hace aguas en un punto. Un formato digital nuevo amplía posibilidades; el bluetooth, para escuchar audio, comprime lo que ya había.
Pasar página de un conector analógico que funciona a un enlace inalámbrico con pérdidas no es un avance de la misma naturaleza. Y hay quien reivindica el walkman, la cinta rebobinada con un bolígrafo y las pilas baratas, cuando la música no pedía contraseña.
La sombra de una estrategia: del jack al cargador sin cables
Hay quien sostiene que esto es solo un paso. El siguiente sería el conector de carga: móviles que llegan sin puerto y obligan a cargar por inducción. Pasito a pasito, se recortan funciones y se normaliza pagar por lo que antes venía de serie. En los márgenes más fantasiosos de la conversación aparece incluso un supuesto plan para llevar
tecnología dentro del cuerpo, una teoría que no sostiene ninguna prueba.
Lo verificable, en cambio, es la mecánica comercial: cada pieza que desaparece de la caja se convierte en un accesorio que alguien vende aparte. Y el dato que cierra la paradoja no lo firma ningún fabricante. El conector que se retira es de 1950. El adaptador que lo sustituye, compatible al cien por cien. Lo viejo funciona; lo nuevo hay que pagarlo. Alguien lo resumió en una fecha y tres palabras: el 5 de diciembre de 2022,
«Acojonante».