Los BRICS ganan la guerra económica mientras EEUU cae un 1,6%
¿Puede un país al que se le atribuía una economía del tamaño de la italiana tener en jaque a la
OTAN entera? La tesis que gana terreno sostiene que Occidente no ha perdido una guerra convencional, sino que ha entrado, empujado, en una contienda de desgaste diseñada por Moscú y sus nuevos socios. El marcador que se esgrime es contundente: la economía estadounidense se contrajo un
1,6 % en el primer trimestre de 2022, mientras la china creció un
4,8 %. Con esos dos números se levanta todo el andamiaje.
El acta de acusación: material occidental destruido en semanas
El primer argumento es material. Se sostiene que Alemania habría entregado a Ucrania el
40 % de su artillería de largo alcance y Estados Unidos el
10 % de sus obuses M777, y que Rusia habría convertido ese envío en chatarra en apenas un mes. La conclusión que se extrae es incómoda: Moscú destruye en semanas lo que Berlín y Washington tardan años en fabricar. A eso se suma el episodio de los cañones Caesar franceses capturados y trasladados a una fábrica rusa para estudiar sus secretos, leído como una pérdida tecnológica difícil de recuperar.
El otro frente es el de la inteligencia. Circula la versión de que hackers chinos habrían obtenido planos y detalles de los cazas estadounidenses F-35 y F-22, con copias propias mejoradas ya en vuelo. Si el dato fuera exacto —y en este terreno conviene moverse con pinzas—, el coste de la guerra ya no se mediría en munición, sino en ventaja tecnológica perdida durante décadas.
Deuda, recesión y el 120 % que asfixia a los dos bloques
La segunda pata es financiera. Estados Unidos arrastra una deuda del
120 % sobre su PIB y España, otro tanto. Sumar infraestructuras nuevas a ese nivel de endeudamiento se antoja imposible, y la previsión que se maneja es la de una crisis comparable a la de 2008, pero partiendo de un suelo mucho más quebradizo. El punto de fricción es quién aguanta mejor esa carga.
Aquí entra la comparación que rompe el relato convencional. En China el ahorro medio ronda el
25 % y cerca del
90 % de los ciudadanos son propietarios de su vivienda —un
87 % en las zonas urbanas y un
96 % en las rurales, según el estudio sobre vivienda que se cita—. Súmese que allí se pagan menos impuestos que en Estados Unidos. Con ese colchón, el margen de maniobra de Pekín resulta mayor de lo que asume la prensa occidental.
¿Quién más se suma a los BRICS y por qué importa?
La foto del bloque cambia rápido. Irán y Argentina ya habrían dado el paso, y Egipto, Indonesia y otros estarían a punto. India y Brasil, teóricos socios de Washington, se desmarcan. En paralelo, el consumo energético occidental se desplaza hacia Asia: China e India absorben lo que Europa deja de comprar. La energía, se argumenta, migra de un continente a otro sin que nadie parezca capaz de frenarlo.
En el terreno militar se subraya el goteo de anuncios chinos: el tercer portaviones y, un mes antes, un portahelicópteros, una fragata y un submarino de nueva generación presentados el mismo día. La lectura es que el rearme no espera a ninguna negociación.
Las grietas del relato: Kiev no cayó en cuatro días
No todo encaja, y las objeciones muerden. Putin anunció que Kiev caería en
cuatro días y, cuatro meses después, nada de eso había ocurrido. Zelenski no se rindió. En el lado ruso, el desgaste obligó a buscar reclutas de más de 40 años por los pueblos, señal de que la cuenta de bajas no es la que se vendía.
Frente a eso, el contraargumento es que esos reveses no alteran el resultado de fondo: la OTAN sigue empantanada, sus ciudadanos camino de la recesión y las economías emergentes creciendo. Queda flotando una duda: si la alianza atlántica cayó sin darse cuenta o si, como sostiene otra corriente, sabía perfectamente lo que venía y aceptó el sacrificio.
¿Quién decide entonces: los gobiernos o alguien por encima?
Una tercera lectura niega la trampa y apunta a la intención: ni la UE ni la OTAN se equivocaron, sino que buscaban exactamente esta guerra larga, la que no se gana pero se mantiene. Bajo esa hipótesis, Zelenski recibiría el toque cuando tocara y se llegaría a un arreglo tipo Bosnia, con territorios autónomos y fórmulas intermedias. La sospecha se extiende a las cumbres y a las grandes corporaciones que, según esta versión, marcan la agenda a los gobiernos de turno. Nada de eso viene acompañado de pruebas en el material disponible.
Mientras, el interés compuesto de la geopolítica sigue corriendo: la energía se desplaza de Europa a Asia, las alianzas se reordenan y cada trimestre de contienda estrecha el margen de quienes juegan con deuda al 120 %.
Con este cuadro, el tablero parece claro: hay piezas moviéndose, un marcador que sube y baja cada trimestre y ni un solo jugador dispuesto a enseñar la mano.