Catedrales: colas de parque acuático y un modelo turístico agotado
Nunca ha sido tan fácil llegar a un paisaje y tan difícil disfrutarlo. La playa de las Catedrales, en Ribadeo (Lugo), abre este verano con colas que nada tienen que envidiar a un parque acuático: acceso limitado por ticket, aparcamiento que echa humo y una marea humana dispuesta a hacerse la foto como sea. La paradoja es que el monumento natural más famoso del norte se está convirtiendo en el mejor ejemplo de un modelo turístico que consume su propio atractivo.
El paraíso que se puso de moda
La explicación que nadie discute ya es la más incómoda: internet y las redes sociales han hecho con las playas lo que antes hacía la construcción. Basta que un rincón salga en el feed para que la romería comience. Hay ejemplos que se repiten como un lamento: la Cala del Castell, cerca de Palamós, tenía cuatro gatos en los ochenta y ahora es una locura; San Juan de Gaztelugatxe, donde hace tres décadas se aparcaba justo debajo, se ha llenado de influencers; el archipiélago de Phi Phi ya parecía el desembarco de Normandía hace 14 años.
Frente a la nostalgia, otra corriente responde con una pregunta incómoda: ¿cuál es el problema? Todo el mundo tiene derecho a ver un monumento natural. El discurso del “yo llegué antes” choca con el “tú no eres más especial que el resto”. Es la misma tensión de siempre: el paraíso que cada generación cree haber descubierto y que las siguientes se atreven a compartir.
La economía que se esconde tras la cola
Detrás de la foto está el negocio. Y aquí el debate se vuelve más crudo. Una lectura dominante sostiene que el turismo español es un espejismo: concentra la actividad en grandes grupos financieros que revientan precios mientras el pequeño negocio se asfixia entre regulación y presión fiscal. El dato con el que se compara la estructura productiva es demoledor: Alemania genera un 11% de su economía con turismo y un 26% con industria tecnológica; España, a la inversa, depende de un sector que en Galicia no evita que los salarios sigan entre los más bajos del país. El Camino de Santiago y los récords de visitantes no impiden que Ribadeo y su entorno sigan anclados en la economía del euro por día.
La inflación añade otro matiz: con los precios por las nubes, cada vez más europeos renuncian al viaje exótico y se quedan en el turismo de proximidad. A corto plazo, eso llena las playas nacionales; a medio, plantea una pregunta incómoda: si el turista pobre deja menos dinero y consume más paisaje, el equilibrio se rompe por los dos lados.
Tickets, políticos y la gestión del colapso
La playa de las Catedrales es hoy un espacio gestionado con limitación de acceso. Antes, se podía bajar libremente; ahora, hay que reservar y esperar. Parte del análisis ve ahí la mano del político que lo “jode” todo, con restricciones que no hacen sino aumentar el hype. La otra parte recuerda que sin cupo no quedaría ni playa: la masificación ya había acabado con la pesca en los acantilados y con la posibilidad de estar a gusto en verano.
Lo curioso es que ni siquiera el clima ayuda al mito. Un recordatorio que circula entre los que conocen la zona: en la costa de Lugo “sol de justicia” es un oxímoron, porque allí nunca se han alcanzado los 30 grados. Aun así, la cola avanza. La foto vale más que el baño.
¿Cuánta gente cabe en una maravilla?
El debate de fondo es demográfico y político. La nostalgia de los 35 millones de habitantes, la queja por los 50 millones actuales y los 65 que llegamos a ser con turistas, se mezcla con una sensación más amplia: ya no hay rincón perdido que no tenga su cola. El descenso del Sella, las playas del Urdaibai, los pueblos de montaña… el patrón se repite.
La pregunta no es cuánta gente cabe en las Catedrales, sino cuánto turismo puede soportar un país sin convertirse en un parque temático de sí mismo. Por ahora, la respuesta se dirime en una cola de varias horas bajo un sol que nunca llega a apretar de verdad. Y la fila sigue creciendo.