La política es la organización del poder. Es la administración de la libertad.
No importa demasiado dónde se encuentre ese poder. Puede estar en el Estado, en el mercado, en una familia, en un clan, en una fratría o en cualquier otra forma de organización humana. Allí donde unos hombres tienen capacidad para condicionar la libertad de otros, aparece la política. Porque la política no es el Estado. El Estado es solamente una de sus formas históricas.
La política comienza allí donde termina la libertad absoluta.
Una sociedad de hombres completamente libres es una ficción. En cuanto esos hombres se relacionan, sus libertades chocan, se limitan, se negocian y se organizan. La política nace de ese conflicto. Su función no es eliminarlo, sino administrar sus consecuencias.
La ideología pertenece a otro territorio.
Una ideología es un conjunto de creencias destinado a organizar emocionalmente la ignorancia colectiva.
Ningún individuo conoce la realidad en su totalidad. Ninguno puede hacerlo. La realidad es demasiado extensa, demasiado compleja y demasiado cambiante. La ideología aparece entonces como una prótesis intelectual y emocional: simplifica el mundo para hacerlo soportable, lo ordena para hacerlo comprensible y lo divide para hacerlo reconocible.
Por eso las ideologías son, fundamentalmente, agrupaciones emocionales de seres humanos.
No necesariamente las une lo que saben, sino lo que sienten. O, más exactamente, lo que creen que sienten juntos.
Un «nosotros» necesita siempre un «ellos».
Mientras la realidad no contradice demasiado el relato, la emoción mantiene unido al grupo. Pero la realidad tiene la mala costumbre de no respetar las ideologías. Y cuando aparece una contradicción suficientemente fuerte, aquellos que parecían unidos por una misma verdad descubren que, en realidad, estaban unidos por una emoción.
Entonces comienzan las fracturas.
Por eso política e ideología no son lo mismo. La ideología puede servir a la política, pero también puede sustituirla. Y quizá uno de los grandes problemas de nuestro tiempo sea precisamente ese: que hemos convertido la política en una lucha entre ideologías y hemos terminado confundiendo la administración del poder con la administración de las emociones.
Pero el poder continúa existiendo aunque cambien las ideologías.
Y la libertad continúa necesitando ser administrada.
Ese es el verdadero problema al que nos enfrentamos.
Vivimos en una época de crisis de las democracias. No solamente de crisis de determinados gobiernos o de determinadas instituciones, sino de agotamiento de un modelo político.
La democracia no es una condición natural del ser humano. Es una construcción histórica. Y, como toda construcción histórica, depende de las condiciones que la hicieron posible.
El siglo XXI está modificando esas condiciones a una velocidad que nuestras estructuras políticas difícilmente pueden seguir.
La tecnología ha cambiado la forma de producir, de comunicarnos, de informarnos y de ejercer el poder. La economía ha desbordado las fronteras políticas. La información se ha convertido en una fuerza política de una dimensión desconocida. Y las sociedades son cada vez más complejas mientras nuestras instituciones continúan utilizando, en buena medida, categorías políticas heredadas de otro tiempo.
Quizá por eso la cuestión no sea cómo salvar la democracia.
Quizá la cuestión sea otra.
¿Qué forma de organización del poder será capaz de administrar la libertad humana en el siglo XXI?
Porque si la democracia deja de ser capaz de hacerlo, acabará transformándose.
No necesariamente desaparecerá de un día para otro. Probablemente conservará sus nombres, sus elecciones, sus parlamentos y sus símbolos. Pero puede ocurrir que, mientras seguimos llamando democracia al sistema, el poder real se haya desplazado hacia otros lugares.
Y entonces descubriremos algo elemental:
La política no desaparece cuando desaparece una forma de hacer política.
El poder siempre encuentra una forma de organizarse.
Y la libertad siempre necesita una forma de ser administrada.
SILVERIO
No importa demasiado dónde se encuentre ese poder. Puede estar en el Estado, en el mercado, en una familia, en un clan, en una fratría o en cualquier otra forma de organización humana. Allí donde unos hombres tienen capacidad para condicionar la libertad de otros, aparece la política. Porque la política no es el Estado. El Estado es solamente una de sus formas históricas.
La política comienza allí donde termina la libertad absoluta.
Una sociedad de hombres completamente libres es una ficción. En cuanto esos hombres se relacionan, sus libertades chocan, se limitan, se negocian y se organizan. La política nace de ese conflicto. Su función no es eliminarlo, sino administrar sus consecuencias.
La ideología pertenece a otro territorio.
Una ideología es un conjunto de creencias destinado a organizar emocionalmente la ignorancia colectiva.
Ningún individuo conoce la realidad en su totalidad. Ninguno puede hacerlo. La realidad es demasiado extensa, demasiado compleja y demasiado cambiante. La ideología aparece entonces como una prótesis intelectual y emocional: simplifica el mundo para hacerlo soportable, lo ordena para hacerlo comprensible y lo divide para hacerlo reconocible.
Por eso las ideologías son, fundamentalmente, agrupaciones emocionales de seres humanos.
No necesariamente las une lo que saben, sino lo que sienten. O, más exactamente, lo que creen que sienten juntos.
Un «nosotros» necesita siempre un «ellos».
Mientras la realidad no contradice demasiado el relato, la emoción mantiene unido al grupo. Pero la realidad tiene la mala costumbre de no respetar las ideologías. Y cuando aparece una contradicción suficientemente fuerte, aquellos que parecían unidos por una misma verdad descubren que, en realidad, estaban unidos por una emoción.
Entonces comienzan las fracturas.
Por eso política e ideología no son lo mismo. La ideología puede servir a la política, pero también puede sustituirla. Y quizá uno de los grandes problemas de nuestro tiempo sea precisamente ese: que hemos convertido la política en una lucha entre ideologías y hemos terminado confundiendo la administración del poder con la administración de las emociones.
Pero el poder continúa existiendo aunque cambien las ideologías.
Y la libertad continúa necesitando ser administrada.
Ese es el verdadero problema al que nos enfrentamos.
Vivimos en una época de crisis de las democracias. No solamente de crisis de determinados gobiernos o de determinadas instituciones, sino de agotamiento de un modelo político.
La democracia no es una condición natural del ser humano. Es una construcción histórica. Y, como toda construcción histórica, depende de las condiciones que la hicieron posible.
El siglo XXI está modificando esas condiciones a una velocidad que nuestras estructuras políticas difícilmente pueden seguir.
La tecnología ha cambiado la forma de producir, de comunicarnos, de informarnos y de ejercer el poder. La economía ha desbordado las fronteras políticas. La información se ha convertido en una fuerza política de una dimensión desconocida. Y las sociedades son cada vez más complejas mientras nuestras instituciones continúan utilizando, en buena medida, categorías políticas heredadas de otro tiempo.
Quizá por eso la cuestión no sea cómo salvar la democracia.
Quizá la cuestión sea otra.
¿Qué forma de organización del poder será capaz de administrar la libertad humana en el siglo XXI?
Porque si la democracia deja de ser capaz de hacerlo, acabará transformándose.
No necesariamente desaparecerá de un día para otro. Probablemente conservará sus nombres, sus elecciones, sus parlamentos y sus símbolos. Pero puede ocurrir que, mientras seguimos llamando democracia al sistema, el poder real se haya desplazado hacia otros lugares.
Y entonces descubriremos algo elemental:
La política no desaparece cuando desaparece una forma de hacer política.
El poder siempre encuentra una forma de organizarse.
Y la libertad siempre necesita una forma de ser administrada.
SILVERIO
