El cubismo como estafa: cuando el cuadro solo vale por la firma
Picasso pintó, según la cifra que se repite en el debate, más de
13.000 obras. Ahí está el núcleo del ataque: si el cubismo fuera el ejercicio intelectual que vende la crítica, no habría dado para semejante volumen en tan pocos años. La tesis que sostiene esta polémica es que un lienzo cubista no vale ni el óleo con el que está pintado, y que lo único que le otorga precio es la rúbrica.
La prueba que se esgrime es sencilla. Quítale la firma a un cuadro cubista y no vale nada. Si aparece un lienzo atribuido a Picasso, vale millones; si después se demuestra que lo pintó un desconocido, se desploma. De ahí la conclusión: lo que se paga es la historia, no la pintura.
El lienzo, el óleo y las grapas: el desglose del valor
El argumento se lleva al extremo contable. Un cuadro cubista, como adorno, no debería valer más de
10 o 15 euros y en la mayoría de casos se considera un adorno de mal gusto. Lo único que en el conjunto vale menos que la obra terminada son las grapas o los clavos que sujetan el lienzo a las tablas. Es decir: el soporte pesa más que lo pintado encima.
Sobre esa base se acusa a esos miles de cuadros de ser producto de marketing y no de investigación artística. Se acepta que el autor dominaba la técnica desde niño, pero se subraya que no la aplicaba: sin perspectiva, sin valores, sin sombreado, sin anatomía. Quien los defiende responde que simplificar no es no saber dibujar, y que quien conoce el oficio puede elegir no exhibirlo.
¿Salvó el cubismo a la pintura o solo a unos cuantos intermediarios?
Aquí está el punto más sólido de la defensa. La fotografía había ocupado el terreno del retrato y del realismo, y hacia finales del siglo XIX los dibujantes de carteles se reconvirtieron en viñetistas. Según un participante, la primera cámara comercial en color se pone a la venta en
Francia en 1907, el mismo año en que se sitúa el nacimiento del cubismo. La lectura es industrial: exhibir estatus con un retrato realista dejó de tener sentido cuando cualquiera podía hacerse una foto a color.
La réplica es que eso no salvó a nadie.
Sorolla fue contemporáneo de los inicios de la fotografía, pintaba realismo y no pintaba basura. Los retratistas perdieron encargos igual, con vanguardias o sin ellas, y quien se «reconvirtió» al cubismo lo hizo, se sostiene, para vender otra cosa.
El cliente nouveau riche y la entrevista de 1920
Hay un documento que da munición a los dos bandos. En
1920 el periodista José Pla entrevistó a Picasso en París para el diario La Publicidad. Preguntado por su método, el pintor respondió: «El cliente. Lo más importante de un pintor es el cliente». Habló de un comprador nuevo, el
nouveau riche, que no sabía qué hacer con su dinero, y añadió que cada día vendía más y que sería muy rico.
Para unos, eso es la prueba del fraude. Para otros, la descripción honesta de cualquier mercado creativo. En el fondo nadie discute el dato: el valor del cuadro dependía de quién firmaba y de quién pagaba.
Del Guernica al arte degenerado: el precio político del lienzo
El Guernica entra en la refriega por dos vías. Una, que representaría un bombardeo y no la vida del autor, versión que se lanza sin aportar prueba alguna. Otra, que el cuadro en sí sigue pareciendo una porquería «represente lo que represente».
La anécdota más incómoda es la de la Alemania nazi. Tras la exposición del llamado
Arte Degenerado, el régimen subastó las obras confiscadas por una suma considerable. Si eran basura, alguien pagó muy caro por ella. El pintor expresionista Emil Nolde, partidario del partido y admirador declarado de su líder, acabó incluido en la muestra y perdió su licencia de artista. La clasificación estética oficial nunca cuadró con el mercado.
El mercado, la IA y el ilustrador que nadie cita
La discusión deriva hacia el presente. Se sostiene que la inteligencia artificial no va a tocar a los nombres de galería —viven del relato y de los contactos— sino a los ilustradores de portadas, al
concept art y al diseño de personajes. Gente que dibuja muy bien, se añade, y que produce decenas de piezas al año sin que nadie los estudie.
El contraejemplo cultural es
Vicente Segrelles, ilustrador valenciano autor de El mercenario, cómic pintado al óleo del que tardaba un año por álbum hasta el octavo, cuando pasó al ordenador. Se le cita como alguien conocido en circuitos especializados y apenas referenciado en medios generalistas españoles. Hay quien sostiene que, de haber nacido en Estados Unidos, sería más famoso que Frank Frazetta. No hay forma de comprobarlo, pero ilustra el argumento.
Gusto aprendido y otros argumentos de autoridad
Frente a la tesis del timo se levanta el argumento del paladar educado. Igual que años de escuchar un género cierran la puerta a otros, un gusto formado en el realismo rechaza la vanguardia por costumbre y no por falta de calidad. Sería el sesgo de exposición aplicado al museo.
La objeción es que el razonamiento funciona en las dos direcciones: si todo es gusto aprendido, nadie puede afirmar que el cubismo sea una basura, pero tampoco que sea genial. Es el único punto en el que los dos bandos coinciden sin pretenderlo.
Con estos mimbres, todo apunta a que el mercado seguirá pagando la firma y no la pincelada, y a que los ilustradores que hoy llenan carpetas seguirán sin aparecer en los manuales. La irrupción de la IA puede alterar ese reparto. O puede dejar las cosas exactamente donde están.