Ceuta y el cuento de las cuatro culturas: ¿de quién es el relato?
La ciudad autónoma lleva años vendida como ejemplo de coexistencia. Cuatro culturas en un mismo puerto, dicen los folletos. El problema es que nadie concreta cuáles son. Cuando se pregunta, la respuesta oficial suena a relleno: cristianos, musulmanes, judíos e hindúes. ¿Y la demografía real? Esa ya no cuadra.
El censo que desmonta el eslogan
Ceuta no tiene una presencia relevante de comunidades judía e hindú como para erigirlas en pilares culturales. El relato de las cuatro culturas se activa sobre todo en momentos de tensión, como ahora que se acercan las manifestaciones del 2 de septiembre. La coincidencia no parece casual.
Diversos análisis apuntan a que el eslogan funciona como cortina de humo: desvía la atención sobre la quema de enseres de migrantes y las acciones de algunos españoles para desalojarlos, hechos que algunos sectores prefieren etiquetar como extremismo para desactivar la crítica. La pregunta incómoda es si la convivencia es un hecho social o un guion con actores.
La economía de la paz social
Ceuta vive del comercio con Marruecos, del puerto y de un turismo de paso. La imagen de estabilidad es un activo cotizable: los inversores huyen del conflicto. Por eso el mito no es solo ideológico, tiene precio. Ahora bien, el precio de mantenerlo puede ser la credibilidad. Si el relato se agrieta, la factura también llega.
Hay quien aplica incluso el dilema del prisionero para explicar por qué nadie desmonta el tinglado: rebelarse cuesta caro si el resto traiciona a cambio de puntos reputacionales. La lógica del corto plazo manda, y la lealtad al régimen de turno compensa.
De momento, el pegamento cultural aguanta. El próximo 2 de septiembre se verá si la convivencia se sostiene sola o necesitaba reparto de papeles. Y si alguien, desde la tribuna oficial, se atreverá a responder qué culturas son exactamente esas cuatro.