El 2-4% de curaciones: lo que la quimioterapia sí y no hace
Un tumor no se mide con titulares, pero la cifra con la que arrancó este asunto en agosto de 2018 se repite con pocas variaciones: la quimioterapia salva la vida a entre el
2% y el 4% de los pacientes, según quienes defienden ese cálculo. No es un eslogan de curandero, sostienen. El número procede, según esa versión, de un estudio de 2004 y sigue vigente o incluso ha empeorado desde entonces. La discusión no está en la cifra, sino en qué mide exactamente y a quién.
Porque ese porcentaje no se calcula sobre un enfermo cualquiera.
Ahí está la trampa, y también la defensa. Cuando el tumor se detecta pequeño, no se ha extendido y es operable, el que cura es el cirujano. La quimio entra después, como refuerzo, y no se le pide curar sino reducir la probabilidad de que el tumor vuelva.
La quimio que no cura y la quimio que sí
Con ese reparto de papeles, el dato del 2-4% deja de sonar a escándalo y pasa a ser una descripción: la quimioterapia se administra sobre todo a enfermos con enfermedad extendida, donde la curación ya no es el objetivo. La estadística se refiere, precisamente, a esos cánceres avanzados. Hay quien añade que ciertos tumores, como linfomas y leucemias, sí se curan solo con quimioterapia, y que eso desmonta la tesis de que no sirve para nada.
El debate se complica al hablar de la
adyuvancia: quimio antes o después de la cirugía en pacientes de alto riesgo para reducir la probabilidad de recaída, no para curar. Renunciar a ella evita efectos secundarios a cambio de asumir un riesgo algo mayor de que el tumor regrese. Es una apuesta de probabilidades y nadie sabe, en cada caso concreto, si la recaída habría llegado igual. Otra cifra que circula, atribuida a un estudio de 2004, asegura que el
97% de quienes se someten a quimioterapia muere antes de cinco años. Se ha usado como sentencia y también ha sido matizada, porque mezcla tumores, estadios y tratamientos distintos.
También se menciona a profesionales que, según el relato difundido, habrían abandonado la práctica hospitalaria por discrepancias con el uso rutinario de la quimioterapia, y a oncólogos que, en encuestas citadas, aseguran que no se someterían a ella si tuvieran cáncer. Son testimonios, no ensayos clínicos: valen como señal de malestar dentro de la profesión, no como prueba.
Sobrediagnóstico: cuando el cáncer no era un problema
Una línea de crítica que no viene de fuera de la medicina apunta al sobrediagnóstico. El ejemplo recurrente es el cáncer de próstata: hay tumores detectados por el test de PSA que nunca habrían dado síntomas ni acortado la vida del paciente y que acaban tratados igual. Detectar más no siempre es salvar más. A veces es etiquetar de enfermo a quien no lo estaba, y el susto se paga con toxicidad.
La otra cara de la moneda: se sostiene que las terapias alternativas reciben el marbete de «no probadas» cuando las administra alguien sin bata, mientras otras vías quedan fuera del foco. En medio se citan estudios sobre cannabinoides y la capacidad de algunos compuestos de inducir la muerte de células tumorales sin tocar las sanas. Son líneas de investigación abiertas, no tratamientos disponibles, y la frontera entre una cosa y la otra se cruza con demasiada alegría.
Kalanchoe, clorito de sodio y las promesas que se repiten
Entre las alternativas que circulan aparecen el kalanchoe y el clorito de sodio, presentados como eficaces frente al cáncer. No hay evidencia que respalde esas promesas, y el segundo es un compuesto cuya ingesta conlleva riesgos. Que un tratamiento no cure no convierte automáticamente en válido a su opuesto: la ausencia de pruebas no es una prueba, por mucho que el argumento suene redondo en una conversación de sobremesa.
Asoman también el caso de Steve Jobs y el de Rocío Jurado, ambos con cáncer de páncreas, para discutir si la medicina convencional habría cambiado algo. El problema de esos ejemplos es el sesgo de selección: se citan los fracasos para desacreditar el tratamiento y nunca los que, sin ruido, siguen vivos.
El 4% que también existe
Porque existen. Un bulto de
siete centímetros en el cuello, una biopsia positiva y una quimioterapia después: quince años más tarde esa persona sigue viva, con cincuenta cumplidos, y usa su caso como respuesta al argumento de que el tratamiento solo acelera la muerte. No demuestra nada en términos estadísticos, pero tampoco la estadística convierte su caso en irrelevante.
El contexto general tampoco calma los ánimos. Se habla de que una de cada cuatro mujeres y uno de cada tres hombres padecerá cáncer, y de unas
100.000 muertes al año en España. Con esas cifras, discutir qué porcentaje se salva deja de ser un ejercicio académico y se convierte en una pelea por el relato. La esperanza, dicen algunos, está puesta ahora en la inmunoterapia.
La desconfianza tiene además un capítulo económico. Se sostiene que a la industria le interesan más los enfermos crónicos que los curados, porque el paciente que se cura sale del circuito. Es una sospecha difícil de demostrar y fácil de repetir, pero explica por qué cualquier dato sobre quimioterapia se lee aquí con recelo previo.
Y en ese punto se atasca todo. El dato del 2-4% que se cita se refiere a un grupo concreto: mide a los que llegan tarde, no a todos los que pasan por consulta. Lo que sigue sin resolverse es si el problema es el fármaco, el diagnóstico que llega tarde o un sistema que, según se sostiene en el debate, prefiere tratar antes que explicar.