Salud mental en España: el 33% ya padece un trastorno
El VI Informe Mundial de Salud Mental de Axa ha confirmado lo que muchos sospechaban: la salud mental de los españoles se deteriora a un ritmo preocupante. Un tercio de la población (33%) considera que tiene algún trastorno mental, la cuarta cifra más alta de Europa, solo superada por Reino Unido, Irlanda y Turquía. El dato no es anecdótico: en 2023 era el 26%, y en 2025 subió al 31%. La curva es clara, y los factores que la explican, según el propio informe, tienen poco que ver con la genética y mucho con la economía.
El informe AXA: de la incertidumbre al colapso
La aseguradora Axa presentó este martes su sexto informe global, basado en encuestas a miles de ciudadanos. Para los españoles, las principales causas del deterioro mental son la incertidumbre sobre el futuro, la inestabilidad financiera y la inseguridad laboral, seguidas del malestar social y político. En otras palabras, la precariedad económica crónica se ha instalado como un factor de riesgo psicológico de primer orden. No es que los españoles sean más débiles: es que el entorno se ha vuelto más inhóspito. Salarios que no cubren el coste de vida, trabajos temporales o mal pagados, y un horizonte sin expectativas de mejora. El informe también destaca que España es líder mundial en consumo de psicofármacos, con un preocupante sesgo de género.
Más pastillas para ellas, más silencio para ellos
Según datos de la Consejería de Salud recogidos por El Español, las mujeres consumen entre 1,5 y 3 veces más antidepresivos y ansiolíticos que los hombres. La brecha no es biológica: responde a patrones culturales. Mientras ellas tienden a medicalizar el malestar, ellos lo esconden por vergüenza o por el mandato de 'fortaleza'. El resultado es que muchos hombres no buscan ayuda hasta que el problema es grave, y muchas mujeres reciben un tratamiento farmacológico que a menudo solo enmascara el verdadero origen: la precariedad vital. Varios análisis señalan que la medicación psiquiátrica a largo plazo resulta, en muchos casos, insuficiente si no va acompañada de cambios estructurales en el entorno del paciente.
El espejo de los 80: ¿qué ha cambiado?
Una comparación recurrente es con la crisis de la heroína de los años 80. Entonces, el problema era localizado y socialmente estigmatizado; ahora, el malestar es transversal y se manifiesta en ansiedad, depresión y soledad. Se argumenta que en aquella época, quien tenía un mínimo de responsabilidad podía lograr una vida digna; hoy, incluso con esfuerzo, el horizonte se ha estrechado. La diferencia no es de carácter, sino de estructura económica. La desindustrialización, la burbuja inmobiliaria y la adopción de políticas de austeridad han creado un caldo de cultivo para la desesperanza. Y mientras tanto, el sistema público de salud mental sigue infradotado.
Los datos no engañan: la salud mental es el nuevo termómetro de la salud económica de un país. Cuando la economía no da para vivir, la cabeza es la primera en resentirse. La pregunta que queda en el aire es si el actual modelo de crecimiento, basado en la precarización y el consumo de fármacos, tiene algún freno o si, como algunos pronostican, la próxima década traerá una epidemia de trastornos aún mayor.