La estepa que odia los árboles guardaba un bosque de 25 km
Mientras dos días de tormenta descargaban en el noroeste de la submeseta norte, un paseo por el bosque junto al pueblo de turno dejó una cifra incómoda para el tópico: 25 kilómetros de masa forestal continua, sin una casa, una carretera o un hipermercado en todo el trayecto. La imagen de la meseta como seca llanura sin vegetación se tambalea con solo comprobar que el famoso odio a los árboles es, como mínimo, hacia una parte del territorio.
El estereotipo tiene recorrido. «La seca y árida meseta» es el escenario mental con que se describe buena parte del interior peninsular. Pero los 25 km de bosque no son un jardincillo: son un corredor forestal continuo, sin intermediarios. Quien haya caminado la meseta de norte a sur y en diagonal, en cuatro ocasiones, sostiene que el paisaje real y su «paisanaje» no encajan con el cliché. Y ahí la conversación derivó hacia otro lado.
La deriva lleva a La Sagra, comarca toledana a la que algunos consideran «la peor zona de España». Se argumenta que en sus pueblos la economía de subsistencia vive de subsidios y que la presencia de inmigrantes ha cambiado la vida local. Son afirmaciones que, formuladas así, mezclan un problema social real —la dependencia de ayudas públicas en el mundo rural— con una lectura demográfica que a menudo roza el prejuicio. El cruce entre paisaje y prejuicio es viejo, pero aquí salta en una conversación dedicada a los árboles.
El bosque, mientras tanto, sigue ahí. Los 25 km de arbolado no son la excepción que confirma la regla, sino un recordatorio de que España es un país de contrastes y que el «odio a los árboles» quizá solo era una excusa para no hablar de lo que de verdad importa: la despoblación, la España vaciada y, sobre todo, la facilidad con que un debate geográfico acaba convertido en una trinchera.