Europa, un solo país: la receta mágica que nunca cuaja
Europa tiene un problema de escala. Hay quien cree que la solución es tan simple como fundir todos los Estados en una sola nación. Puede que sea la propuesta más ambiciosa, más ingenua y más peligrosa que circula hoy por el análisis económico del continente.
La tentación del gigante
La aritmética es demoledora: Rusia, China, India, Brasil, Argelia, Nigeria o Canadá juegan en otra liga. Frente a ellos, los países europeos por separado son poco más que piezas de un tablero que ya no controlan. De ahí surge la idea de que la unión política total es la única forma de que Europa siga contando en el mundo.
La comparación con los microestados lo remata. Mónaco, Liechtenstein, Andorra o Luxemburgo demuestran que el tamaño no lo es todo — pero también que la irrelevancia estratégica existe. Un país pequeño puede ser rico. Lo que no puede ser, sostienen algunos, es un actor global.
Las costuras de la unión
El problema es que una cosa es la escala y otra la identidad. La Europa romana y la germánica, la católica y la protestante u ortodoxa, la atlántica y la mediterránea no comparten ni memoria ni instituciones fáciles de fusionar. Si ya cuesta gobernar España con sus comunidades, imagínese un hipotético país con veintisiete «regiones» con idiomas, historias y vetos.
La alternativa que se esgrime desde el soberanismo es la «Europa de las patrias», la fórmula confederal que defendieron De Gaulle y luego la familia política de Le Pen. Nada de federalismo centralizado: cooperación entre Estados con poder de veto. Y al fondo aparece la eterna pregunta de la lengua: hay quien propone el inglés como idioma común, no por amor a Londres, sino por pura efectividad. Otros prefieren griego, latín y español, como si la historia se pudiera resucitar con un decreto.
El espejismo histórico
Los defensores de la unión total juegan con la historia. Las ciudades-estado griegas vencieron a Persia cuando se federaron en la Liga Ática; cayeron cuando Macedonia llegó unida. Roma empezó siendo una ciudad menor y tardó siglos en convertirse en imperio. Si aquello funcionó a pequeña escala, ¿por qué no a escala continental?
La respuesta de los escépticos también es histórica: la unión forzosa ha fracasado siempre, y la tentación de la «ultranación» que mencionaba Ortega y Gasset lleva décadas estrellándose contra la realidad. Hasta el proyecto federal estadounidense necesitó una guerra civil y aun así sigue dando guerra.
En el mejor de los casos, la idea se estrellará contra la burocracia. En el peor, la pretensión de solucionarlo todo con un solo país ignora que la historia europea es una sucesión de fracasos de la unidad impuesta. La próxima vez que alguien venda la fusión total como receta mágica, convendría preguntarse quién paga el coste. La idea no está muerta: solo espera el próximo momento de crisis.