Zombis y colapso: la ficción apocalíptica vende el miedo a la libertad
La ficción de zombis y catástrofes lleva años repitiendo el mismo esquema: cae el sistema, los supervivientes lo hacen rematadamente mal y, entre mordisco y mordisco, acaban matándose entre ellos. Da igual que sea The Walking Dead, un videojuego o una novela: sin papá Estado, el ser humano se convierte en su peor depredador. Hay quien sostiene que esto no es entretenimiento, sino adoctrinamiento.
En el centro de la crítica está The Walking Dead. Todos infectados, protagonistas que mueren sin aviso y una clemencia que siempre pasa factura. El mensaje se repite temporada tras temporada: toda comunidad que intenta organizarse por su cuenta acaba convertida en un feudo de terror, con su dictador incluido. El grupo de Rick no arregla nada: allí donde llega, arrastra la destrucción hasta a comunidades que funcionaban a su manera.
La lectura política no es nueva. Un repaso por la historia muestra que el caos solo se estabiliza cuando aparece un poder que impone reglas. Pero la moraleja que la industria repite como un calco es más interesante por lo que oculta: si cada apocalipsis de Hollywood termina en anarquía sangrienta, el ciudadano asume que cualquier recorte es preferible a vivir en Mad Max. Otros, en cambio, señalan que el Estado es, sencillamente, la civilización: carreteras, puertos, comercio, acueductos. Sin él, apenas caben microsociedades de 200 personas, como los Amish, y aun así protegidas por un Estado mayor.
El debate se atasca ahí. ¿La ficción nos prepara para aceptar el control o se limita a reflejar lo que ocurre cuando el contrato social se rompe? No hay respuesta definitiva. Pero la próxima vez que alguien diga que sobreviviría con cuatro latas de atún y un mechero, conviene recordar que la historia suele preferir los impuestos.