El alto el fuego en Gaza que incomoda a la izquierda occidental
El acuerdo para un alto el fuego en
Gaza y la liberación de los secuestrados ha dejado una estampa paradójica: mientras en Israel y en la Franja se celebra el fin momentáneo del horror, en buena parte de las cuentas occidentales que durante meses clamaron contra el «genocidio» no se percibe alegría. Un artículo publicado en
El País por Santiago Gerchunoff, titulado «La tristeza del alto el fuego», sostiene que a los activistas occidentales les cuesta celebrar un documento que firman Hamás y Netanyahu. La tesis es incómoda: lo que se apaga con la tregua no es solo la violencia, sino la urgencia de una causa que daba identidad y comunidad a quien la militaba desde lejos.
Qué plantea el artículo de Gerchunoff
El texto parte de una escena concreta: niños que ríen y adultos que lloran en Gaza, multitudes que celebran, mientras en redes y declaraciones de activistas occidentales solo aparece desconfianza. Los argumentos que esgrimen —que el acuerdo es una trampa, que la lucha continúa, que favorece a Israel o que es un triunfo del imperialismo— suenan racionales, pero el artículo apunta a otra cosa: los propios palestinos pueden sentir alivio mientras quienes decían representarlos desde lejos solo sienten tristeza.
Gerchunoff recurre a Albert Hirschman para explicar el fenómeno: los compromisos políticos funcionan mejor cuanto peores son las condiciones. Cuanto más insoportable es la injusticia, más ardiente es la causa. Cuando la violencia amaina, decae el fervor. Lo que se pierde, sostiene, no es solo una lucha: es una identidad.
La trampa humanista que describe el texto
El artículo enlaza esa paradoja con una crítica más de fondo al humanismo moderno. El activista que milita a miles de kilómetros no actúa desde su experiencia, sino desde una abstracción moral de raíz kantiana: la solidaridad entre seres racionales, la empatía universal. El problema, dice, es que nadie puede sentir todos los dolores del mundo. Se eligen las causas que tocan por historia, posición o vínculos invisibles, y fingir que eso no pesa es parte de la trampa.
La crítica se extiende al platonismo: la ilusión de que el bien y la justicia existen como ideas puras accesibles por la razón. Frente a eso, el texto reivindica a Aristóteles —la virtud se aprende actuando, con prudencia, en un mundo donde nada es taxativo— y concluye que no existe «el lado correcto de la historia». Solo hay seres humanos situados, con cuerpo, historia y límites. Lo verdaderamente humanista, y lo verdaderamente difícil, sería alegrarse hoy con quien festeja en Gaza porque, al menos por un instante, las bombas han dejado de caer.
La reacción: del elogio al «contra Israel vivíamos mejor»
La recepción del artículo ha sido un termómetro de la propia tesis. Hay quien lo considera un texto excelente: expresa bien algo que se estaba notando, que a una parte de la izquierda el fin de la guerra le ha sentado como un jarro de agua fría. Tenían un filón para salir a la calle con banderas, organizar flotillas o boicotear productos israelíes, y de repente se han quedado sin causa. Algunos apuntan ya a Sudán o Yemen como sustituto, sin decidirse.
En el extremo opuesto, la reacción más repetida es la del «contra Israel vivíamos mejor» de manual. Se acusa a los activistas de que nunca les importaron los palestinos, solo el postureo; de que necesitan la confrontación continua para seguir parasitando; de que la «causa» ha sido canalizada al servicio de intereses políticos locales. La crítica más recurrente: los manifestantes de banderita que ni saben situar Palestina en el mapa no han entendido nada, y en el fondo han sido utilizados.
El detalle incómodo: los bombardeos que siguen
La conversación se complica cuando aparecen los datos sobre el terreno. Varios mensajes recogen informaciones de medios que reportan ataques israelíes en la ciudad de Gaza, Jan Yunis y el campamento de Shati en las horas y días posteriores al anuncio del alto el fuego, con decenas de fallecidos bajo los escombros y cerca de la llamada «línea amarilla» de retirada. La pregunta se repite con retintín: «¿ha empezado ya la tregua o todavía no?».
Ese goteo de cifras alimenta a quienes sostienen que el acuerdo es papel mojado y que Israel mantiene sus ofensivas. También da munición a los que, desde el otro lado, señalan el silencio de las celebridades y activistas que pidieron el alto el fuego: si su compasión fuera real, dicen, hoy estarían celebrando la vida en lugar de guardar silencio.
El trasfondo político: Trump, la autoría y la falta de celebración
Una parte del análisis apunta a un motivo menos noble para la falta de júbilo: el acuerdo se percibe como un éxito político de Trump, y eso lo vuelve indigesto para quien lo hubiera celebrado si lo hubieran firmado otros. La idea se repite en varias formulaciones: si el alto el fuego lo hubiese logrado Obama, Zapatero o Bachelet, las calles estarían llenas de júbilo; como lo paró Trump, todo son lloros. El «marvadísimo TRAN» se lleva la gloria, y a algunos les duele.
En paralelo, dirigentes como Ione Belarra e Irene Montero han pedido redoblar la movilización social para que el alto el fuego sea permanente y para rechazar el plan de colonización de Trump. No es alegría, es presión. Y esa consigna —«la lucha continúa»— es exactamente lo que el artículo de Gerchunoff señalaba como síntoma.
Qué queda de la causa y qué se apaga con la tregua
El hilo de fondo es una pregunta sobre el activismo occidental: qué ocurre cuando la causa que daba sentido a una identidad colectiva se desactiva por un acuerdo que firman las partes a las que se decía representar. Las causas sustitutas que se barajan —cambio climático, colectivos vulnerables, violencia machista, fútbol femenino— no parecen llenar el mismo hueco. Y hay quien apunta a un cálculo más cínico: la movilización como negocio, como chiringuito que necesita conflicto continuo para seguir parasitando.
El artículo de Gerchunoff, en el fondo, no acusa a nadie de hipocresía: describe una mecánica. La causa daba calor, comunidad y sentido. La tregua deja un vacío. Y ese vacío, más que la política, es lo que explica la tristeza.
¿Se puede militar una causa sin necesitar que el horror continúe? Es la pregunta que el texto deja abierta, y que la reacción al propio texto no termina de responder.