La UE planea controlar la velocidad de los coches mediante GPS
Imagínese adelantando en una carretera nacional y que el coche, por sí solo, reduzca la velocidad porque el GPS detecta un límite inferior. No es ciencia ficción: la Comisión Europea estudia una normativa que iría más allá de los actuales sistemas ADAS, obligatorios desde hace años en los vehículos nuevos. El objetivo es la tolerancia cero contra los excesos de velocidad, pero el debate está servido: ¿seguridad o pérdida de control?
De los ADAS al GPS: un nuevo escalón en la seguridad vial
La UE ya exige en todos los coches nuevos sistemas como el detector de fatiga o el asistente de velocidad inteligente, que leen las señales y avisan o limitan. Ahora Bruselas quiere ir más allá: que el coche conozca en todo momento el límite de la vía mediante GPS y lo imponga de forma activa, cortando la aceleración si es necesario. Una idea que, sobre el papel, promete reducir los siniestros, pero que en la práctica levanta ampollas.
Las dudas: ¿más riesgo que beneficio?
Los críticos señalan que el control remoto de la velocidad puede generar situaciones peligrosas. Por ejemplo, al adelantar: si el GPS cree que el límite es 90 km/h y el conductor necesita acelerar para rebasar, el coche podría cortar el gas en el peor momento. Quienes ya han probado el asistente por señales advierten que en apenas diez minutos de uso resulta más molesto que útil, y que imponerlo por ley podría aumentar los accidentes en lugar de evitarlos. Además, surge la pregunta: ¿quién responde si el GPS se equivoca? Por no hablar de la tentación de desactivarlo o de las implicaciones en la privacidad.
El trasfondo: carreteras olvidadas y recelos hacia Bruselas
Mientras la UE legisla sobre la velocidad, la inversión en mejorar las carreteras brilla por su ausencia. Hay quien sostiene que el problema no son los límites, sino el estado de las vías y la formación de los conductores. La desconfianza hacia el intervencionismo comunitario se mezcla con la sensación de que, una vez más, se imponen soluciones tecnológicas sin preguntar al que conduce. El debate está servido y, por ahora, gana el escepticismo.