Un antidisturbios se queja de que las protestas le complican la vida
¿Por qué un agente antidisturbios se queja de las protestas que él mismo está destinado a cubrir? El hilo cita el caso de un policía de la
Unidad de Intervención Policial (UIP) en las concentraciones frente a la sede socialista de la calle Ferraz, en Madrid, al que, según se recoge, las protestas le están «jodiendo la vida». Varios participantes apuntan a un detonante: el calendario —el puente de la Inmaculada y el 6 de diciembre, Día de la Constitución—, que a su juicio multiplicará los servicios de las unidades de refuerzo. Y la pregunta de fondo incomoda más: ¿para quién trabaja un antidisturbios cuando la calle protesta contra el Gobierno?
Qué es la UIP y por qué se le acumulan los servicios
La UIP es la unidad móvil de la Policía Nacional, el cuerpo que se despliega cuando una concentración desborda el control ordinario. Sus agentes no hacen barrio ni investigación: su trabajo es la calle caliente, las identificaciones, los cordones y, si llega el caso, las cargas. Cuando hay protestas sostenidas durante días —frente a una sede, en una plaza, en la puerta de un congreso— son ellos quienes cubren los turnos y los descansos sacrificados.
El malestar no nace de un servicio aislado. Nace de la acumulación: sumar jornadas en festivo, ver cómo se descompone el calendario personal y comprobar que el conflicto no se agota. En el hilo se habla de una
fatiga añadida y la queja recogida resume ese cansancio en pocas palabras.
¿Trabajan para el Gobierno o para el ciudadano?
En el hilo el consenso se rompe. Una corriente defiende que el policía jura defender la Constitución y que obedecer órdenes del Ejecutivo de turno forma parte del oficio, aunque el mando venga del Ministerio del Interior. Otra responde que hay un límite: cuando el jefe tiene color político, la unidad deja de proteger a personas y pasa a proteger a un partido. La mención recurrente al ministro del Interior, Grande-Marlaska, funciona como abreviatura de esa sospecha.
El argumento de quien defiende al cuerpo es simple: un funcionario no elige los dispositivos de protesta, los recibe. El de quien lo critica también: nadie obliga a permanecer en un puesto que se usa como escudo político. Entre ambos extremos, la discusión se atasca en la misma pregunta que ningún comunicado resuelve: ¿dónde acaba la obediencia debida y empieza la complicidad?
La herida del confinamiento: por qué el pasado pesa
Hay un reproche que reaparece con fuerza en los comentarios: durante los confinamientos, la misma Policía que hoy se queja de trabajar fue la que ejecutó las medidas restrictivas del estado de alarma, que varios de esos mismos usuarios califican de ilegales o anticonstitucionales. El reproche no es jurídico, es de
coherencia: se pregunta dónde estaban las quejas cuando a los ciudadanos se les encerró en casa.
Ese cruce de cuentas pendientes envenena cualquier discusión. Quienes defienden a los agentes recuerdan que entonces también cumplían órdenes. Quienes los critican señalan que hoy piden comprensión y ayer la negaron. El resultado es un intercambio de agravios donde la víctima cambia según quién cuente la historia.
¿Funcionario privilegiado o trabajador con la jornada rota?
Una parte de los participantes no compra el victimismo. Sostiene que un policía tiene plaza fija, sueldo garantizado y un puesto que muchos envidian, y que quejarse de trabajar es un
lujo. La respuesta desde el otro lado es que la estabilidad no compensa noches sin dormir, festivos perdidos y la exposición a agresiones en cada servicio.
El choque tiene un fondo económico: en un país donde el empleo precario es la norma, la queja de un funcionario con plaza suena a agravio comparativo.
El puente de la Inmaculada y el 6 de diciembre
El calendario agrava la tensión. El puente de la Inmaculada y la festividad de la Constitución concentran días libres y, según varios participantes, con ellos llegarán más convocatorias. Un usuario señala el
6 de diciembre, con la tradicional jornada de puertas abiertas del Congreso, como el punto de mayor riesgo: cualquier intento de colarse o de reventar el acto devolvería a la UIP a primera línea.
Otro comenta que las puertas abiertas de este año no serán exactamente
abiertas, o que exigirán cita previa para controlar el acceso. La previsión añade motivos de queja a quienes ya protestan por la carga de trabajo.
La comparación con otros policías que no se quejan
En la discusión se cuela una comparación recurrente: los policías británicos o escoceses, se dice, cubren partidos y manifestaciones sin protestar. El argumento pretende desactivar la queja por vía del ejemplo ajeno. La respuesta es que la comparación ignora condiciones concretas, turnos y retribución de cada país.
Haya o no razón en el espejo extranjero, lo que el hilo deja claro es que el malestar se expresa en voz alta: un agente que increpa a la gente a la que vigila ha dejado de ser neutral ante ella.
Con el calendario apretando y el puente a la vuelta de la esquina, solo falta averiguar si la UIP se queja de trabajar o de para quién trabaja. A lo mejor resulta que sí sabe la respuesta, y por eso se queja.