El 'host' japonés: un negocio de imagen, pelo y facturaciones astronómicas
La industria del host en Japón no vende sexo: vende una fantasía de belleza, estatus y compañía que se paga a precio de locura. Un documental reciente ha vuelto a poner el foco en los clubes donde hombres jóvenes, de rasgos andróginos, facturan fortunas a clientas que pagan por sentir que su dinero compra un rato de atención.
El canon de belleza que manda en Tokio
El ideal que triunfa en Tokio poco tiene que ver con el occidental. Mientras aquí se premia al hombre «tipo oso», rudo y de barba, en los clubes de Shinjuku el éxito es para el chico delgado, de tez suave y pelo cuidado. La obsesión capilar es tal que, según se ha señalado, un calvo tiene prácticamente las puertas cerradas a esta profesión. Un buen peinado, se dice, es la moneda de cambio.
El negocio tras la fantasía
Detrás del brillo está el dinero: cantidades que una clienta puede gastarse en una noche y que financian champán, regalos y el estilo de vida de los host. La facturación de los locales más exclusivos se cuenta en millones de yenes anuales. La serie Tokyo Vice ha retratado el sector femenino, el de las hostess, que mueve sumas comparables y comparte lógica: apariencia, conversación y adulación convertidas en mercancía.
No todo son luces. Hay quien ve en esta cultura de la imagen una banalización de la cultura japonesa, y la llegada de extranjeros al negocio aviva las críticas. La estética aniñada, casi irreal, que se exige a los host ha sido señalada por algunos como un síntoma de una sociedad que privilegia la simulación sobre lo auténtico.
Con el envejecimiento de la población y el cambio de hábitos de consumo, el modelo de los host clubs tendrá que adaptarse o quedará reducido a los distritos de fiesta de Tokio. La fantasía se sostiene mientras haya quien pague por ella, y de momento sigue habiendo cola. Otra cuestión es si la burbuja de la imagen llegará a estallar.