La vida es una mierda: el desencanto que no se mide en los índices
A la hora de comer, en la cola del súper o en la oficina, la conversación deriva a menudo hacia la misma sentencia: la vida es una mierda. No es una boutade adolescente; es la formulación cruda de un malestar que atraviesa generaciones y clases. La discusión enfrenta sin clemencia a quienes aún ven algo por lo que remar, a los que sostienen que nadie obliga a nadie y a los que han perdido hasta el deseo de que alguien pulse el botón rojo.
La economía del hastío
El malestar no es solo existencial: tiene base material. Se puede nacer en la élite, entrar en una empresa del IBEX o en un cargo público y entonces “sí vale la pena”. Para el resto, el que rema en precario, cría hijos y no llega a fin de mes, la balanza se inclina hacia la negación. El contraste entre el “núcleo nacional contentísimo” y la petición de jubilarse ya resume la fractura.
El otro frente: la presión migratoria
En el extremo del malestar aparece el clásico chivo expiatorio: los que llegan a Ceuta y Melilla, que según algunos “desean lo que tú tienes”. La percepción de que los recursos se reparten entre los recién llegados mientras los locales se hunden alimenta un discurso que los datos no siempre respaldan. Pero la percepción duele, y lo que nadie quiere ver es que la precariedad es estructural, no importada.
Y así, entre el “agárrate a la vida” y la confesión de que el suicidio es algo terriblemente complicado, la conversación se cierra con un “tu vida es una mierda” fulminante. Rotundo. Si la vida es una mierda, al menos la charla ha servido para sacar a la luz un malestar que no aparece en los indicadores económicos.