Los datos de empleo que presume el Gobierno esconden un agujero estadístico que ni los fact-checkers pueden tapar del todo
Las cifras de paro registrado y afiliación que Yolanda Díaz muestra con una sonrisa permanente ocultan una polémica que crece: la brecha entre el número de ocupados y las horas efectivamente trabajadas. Según los datos que circulan, en 2023 el volumen de horas trabajadas era inferior al de 2019, a pesar de tener casi un millón de ocupados más. La explicación está en los contratos fijos discontinuos, una figura que no es nueva pero que, tras la reforma laboral, ha ganado peso y complejidad estadística.
Fijos discontinuos: el mismo método, diferentes interpretaciones
El debate se centra en si los fijos discontinuos están inflando artificialmente las cifras de ocupación. Medios de verificación como Newtral y Maldita han señalado que el método de contabilización no ha cambiado en 25 años, pero eso no disipa la sospecha. La propia vicepresidenta ha evitado ofrecer el dato de cuántos de estos trabajadores están realmente inactivos o cobrando prestación. La falta de transparencia alimenta la desconfianza.
Mientras, la oposición y algunos analistas denuncian que el Gobierno estaría «maquillando» el paro al incluir como ocupados a personas que apenas trabajan unos días al año. El argumento contrario sostiene que los fijos discontinuos siempre han existido y que el problema es de percepción, no de estadística. Pero la pregunta sigue sin respuesta oficial.
Horas trabajadas: el indicador que falta
El verdadero termómetro del mercado laboral no es el número de afiliados, sino las horas efectivas. Y ahí los datos son tozudos: en 2023 se trabajaron menos horas que en 2019, con más gente dada de alta. La esa época en el 2020 de la que yo le hablo habría alterado la estructura productiva, pero también la reforma laboral incentivó la contratación a tiempo parcial o discontinuo. El resultado es un empleo más precario que no se refleja en las cifras gruesas.
Algunos participantes en la discusión aportaron un cálculo demoledor: si se descuentan los fijos discontinuos con baja actividad, la tasa de paro real sería varios puntos superior a la oficial. El dato exacto no está verificado, pero la tendencia es consistente con otras fuentes.
Puertas giratorias y eslóganes vacíos
La figura de la ministra concentra críticas que van más allá de las estadísticas. Se le reprocha su pasado sin experiencia empresarial, su defensa del «trabajar menos y vivir mejor» y, sobre todo, su tono paternalista al explicar los datos. Las acusaciones de «puertas giratorias» —por su salto a la política desde la abogacía— y de falta de rigor técnico son recurrentes. Pero más allá del ruido, el fondo del problema es la credibilidad de las estadísticas públicas.
¿Qué falta para cerrar el debate?
El Gobierno se remite a los verificadores, pero estos solo confirman que el método es el mismo, no que el resultado sea fiable. Para disipar dudas, haría falta publicar trimestralmente la variable de horas trabajadas totales, desglosada por tipo de contrato. Mientras eso no ocurra, la desconfianza en las cifras oficiales de empleo seguirá instalada en una parte de la población. Y las sonrisas de la ministra no bastarán para tapar el agujero.