El presidente de una láctea atribuye al veganismo casos de osteoporosis infantil
«Esta moda de lo vegano empieza a provocar casos serios de osteoporosis en niños de 10 años. Si no toman leche, no toman calcio». Lo dice el presidente de Industrias Lácteas Asturianas, que en la misma entrevista añade que han aparecido casos de raquitismo «inconcebible a estas alturas» y que los niños necesitan proteínas de origen animal. Dos afirmaciones tajantes que resumen el pulso entre quienes defienden la leche animal como base nutricional y quienes, como sostiene un forero en el debate, defienden que una dieta vegana es completa para todas las etapas de la vida.
El consumo de queso lleva tres décadas clavado en 8 kilos por persona
Ocho kilos por habitante y año. La cifra no se ha movido en treinta años y el propio entrevistado admite que sigue
anclada. El motivo que se maneja es económico: hace más de tres décadas que la frontera está abierta y buena parte del queso que se consume en España es de importación. Los premios no bastan para vender. O se sostiene con publicidad o el mercado apenas conoce el producto, y esta compañía no hace publicidad.
Sobre el paladar circula una tesis llamativa: a los niños les gustan los plátanos, pero cualquier queso tiene un sabor mucho más fuerte, así que si no se educa desde pequeño, no se acostumbra. La prueba estaría en lo que ocurre al abrir los maleteros de un avión que llega de París a
Barajas. El olor a queso lo inunda todo. Gusta. Otra cosa es que se compre.
¿Por qué se ha convertido la lactosa en un problema?
Porque la leche sin lactosa tiene más valor añadido que la normal y se ha convertido en reclamo comercial. La acusación no viene de un consumidor crítico, sino del propio presidente de una láctea: la
industria tiene «muchísima parte de culpa» en que se esté lanzando una imagen negativa de un carbohidrato que califica de
magnífico, compuesto de glucosa y galactosa, y que los pediatras aconsejan al niño más que otros azúcares.
El fenómeno se apoya en dos ingredientes de conocimiento científico relativamente reciente: el gluten y la lactosa. Hay mucha gente que lee las etiquetas con lupa para saber si el producto los lleva. Y el aviso es que, si se deja de tomar lactosa, el cuerpo deja de segregar lactasa y deja de asimilarla. Frente a eso, como apuntan varios foreros, quien tiene intolerancia clínica real lo nota de otra manera: la pesadez tras beber leche se atribuye a la grasa, mientras que el déficit de enzima se manifiesta con diarrea. Se señala además que hay intolerancias adquiridas tras años sin consumir lácteos.
¿Cuánta col hace falta para igualar el calcio de un vaso de leche?
Mucha más de la que nadie se sirve en una comida. Ese es el argumento que circula para relativizar el calcio vegetal: harían falta
1,1 kilos de coliflor, 780 gramos de brotes de soja, 580 de col, 500 de avellanas, 420 de puerros, espinacas o lentejas en crudo, o 310 de nueces o piñones. A eso se añade que el calcio vegetal tendría menor biodisponibilidad.
La réplica llega por otra vía: según otro forero, la col kale tiene más calcio que la leche y se absorbe mejor. En el fondo del desacuerdo se aducen cuestiones técnicas que rara vez se mencionan, como la relación entre las necesidades de calcio y el consumo de sodio y de proteína animal, o que el componente más abundante del hueso sería el colágeno y no el calcio. De ahí que el consejo de beber leche para los huesos se discuta.
Leche cruda, pasteurización y brucelosis
La leche cruda divide igual que el resto. Hay quien recuerda haberla bebido recién ordeñada sin consecuencias, y quien sostiene que el problema no está en el producto sino en su tratamiento: la pasteurización destruiría las enzimas que ayudan a digerirla. Frente a esa tesis pesa un dato incómodo. Antes de la pasteurización la leche era fuente de infecciones, y en el propio debate se menciona un caso de
brucelosis con meses de baja y muletas. En el hilo se sostiene que la venta directa al consumidor está restringida y que lo más accesible es el queso de leche cruda con denominación de origen.
Bebidas vegetales: el 2% del mercado y una palabra prohibida
Las bebidas de soja o almendra mueven, según el entrevistado, entre el
2% y el 3% del mercado. Él mismo las considera un
fraude comercial por aprovecharse del nombre leche y recuerda que la legislación europea ya prohíbe esa denominación. Como consuelo, la industria mira a
China: se decía que allí no se bebía leche por intolerancia, pero los operarios de una fábrica no tocaban la leche sola y sí la de cacao y azúcar, y el Gobierno promueve ahora su consumo entre las nuevas generaciones.
La pelea de fondo se repite, en su relato, con la margarina y la mantequilla. Durante casi cien años, dice, se creyó que la margarina era más saludable y ahora el consumo gira hacia la mantequilla. La descripción que hace de la primera es difícil de olvidar: una grasa a la que le falta una molécula para ser plástico.
Nadie tiene la última palabra. Con el queso clavado en 8 kilos y las bebidas vegetales en un 2%, el equilibrio del lineal no parece que vaya a romperse a corto plazo. Pero el conocimiento sobre los efectos de la nutrición sigue siendo, en palabras del propio entrevistado, «todavía muy limitado», y con esa limitación cada bando seguirá vendiendo su certeza.