Las escenas de cine que más han hecho llorar: de Braveheart a Sin perdón
El cine no se recuerda por sus tramas, sino por momentos. Una conversación en una estación, una cortinilla que baja, un caballo que se hunde en un pantano. Durante 678 días, un grupo de cinéfilos ha ido acumulando una lista de esas escenas que se quedan clavadas: no las mejores películas, sino los instantes que justifican haber aguantado dos horas de metraje. Y el patrón que emerge no es el heroísmo. Es la pérdida.
La primera regla que se repite es que
la escena no tiene por qué ser el final, pero casi siempre lo parece. En Peggy Sue se casó, Kathleen Turner retrocede en el tiempo y vuelve a la casa familiar; el tema de John Barry hace casi todo el trabajo. En La historia interminable, la muerte de Ártax, el caballo de Atreyu, en los Pantanos de la Tristeza. En La mosca 2, un perro deformado por un experimento que su dueño tiene que sacrificar. La emoción no viene del clímax argumental, sino de la rendición.
La muerte como atajo emocional
Hay un subgénero entero: la muerte que redefine al personaje. En Braveheart, el entierro del padre de William Wallace y la traición de Robert Bruce son los dos momentos que se citan, por delante de cualquier batalla. En 300, la muerte de Leónidas funciona como fanservice, pero también como catarsis: Gerard Butler interpreta desesperación y miedo antes de que el personaje se enfrente a la muerte con valor.
El caso más citado es Sin perdón. La escena de la taberna, cuando Clint Eastwood entra y pregunta quién es el dueño del local, se describe como la recompensa tras horas de espera. Un participante lo cuenta sin rodeos: esperaba al Harry el Sucio y no llegaba. Y cuando llega, llega de otra manera. La muerte de Ned, el único amigo, es el interruptor: el personaje muta a lo que se decía que había sido. La chica no llora por Ned, está aterrorizada por tener que darle la noticia. Ese matiz es el que separa una escena de acción de una escena emotiva.
La música no decora: sostiene
La banda sonora aparece en casi todas las entradas. John Barry en Fuego en el cuerpo, con una mujer fatal que aparece en la playa mientras el protagonista cumple condena por un asesinato que ella provocó. Vangelis en Carros de fuego, cuando Eric Liddell gana los 400 metros. Maurice Jarre en Único testigo, con la construcción del granero. Ennio Morricone en El profesional, cuyo tema se tocó en la ceremonia de despedida de Jean-Paul Belmondo.
La tesis que se defiende es que
la música para el cine equivale a la poesía para la literatura: relanza la emotividad de lo que ya está en la imagen. Y hay casos donde la partitura supera a la película. No por defecto de fotografía o actuaciones, sino porque el tema está a otro nivel.
El melodrama y el perro que se muere
El tramo final del intercambio se llena de confesiones. Los puentes de Madison, con ese final en el coche bajo la lluvia. El último americano virgen, cuyo final se describe como un calco del de Polo de limón, con cinco o seis entregas de esta última y hasta una octava. Marley y yo, Una pareja de tres: la muerte del perro. Un participante lo explica mejor que cualquier crítico: los bichos están a horas de morirse y solo pretenden estar cerca de ti.
También aparece el cine español. La vida secreta de las palabras, con la escena de aprender a nadar. Mi vida sin mi, con el supermercado y la ensoñación bailada que se corta de golpe. La flaqueza del bolchevique, con Luis Tosar como ejecutivo vacío que se enamora de una quinceañera. Y La escalera de Jacob, con su giro final.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La lista no converge. Unos defienden que la escena emotiva necesita contexto previo, que sin dos horas de construcción no hay lágrima. Otros sostienen lo contrario: que hay instantes autosuficientes, que funcionan en aislamiento, y que la música hace el 80% del trabajo. No hay forma de zanjarlo porque las dos cosas son verdad en películas distintas. Lo único que queda claro es que nadie ha citado una escena feliz.