Las familias migrantes del Tarajal tienen miedo tras el incendio :'(

Restos chamuscados de las chabolas del Tarajal en Ceuta tras el incendio que calcinó 42 estructuras
RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

Un incendio declarado en la madrugada del jueves calcinó 42 chabolas en el exterior de Las Naves del Tarajal, en Ceuta, y dejó a decenas de personas durmiendo a la intemperie entre basura chamuscada. Entre ellas, Nihad El Mazraoui, 29 años, dos hijos de ocho y tres, natural de Castillejos, que cruzó la frontera el 31 de julio y desde entonces ocupa una tienda de campaña sostenida sobre palés junto a su marido.

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Solidario García

Madmaxista
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7 Sep 2015
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“Voy a tener que volver a Jovenlandia, no puedo aguantar sin saber que pasará esta noche, si volverá el fuego, si nos dispararán otra vez, así no se puede estar” dice Nihad El Mazraoui. Tiene 29 años, dos descendientes de ocho y tres años y es de Castillejos. Lleva desde que cruzó la frontera el 31 de julio durmiendo en el exterior de Las Naves del Tarajal, en una tienda de campaña junto a su marido. La precaria estructura, sostenida sobre unos palés, se libró de las llamas del incendio que se produjo la madrugada del jueves, y que calcinó 42 chabolas.

El exterior está rodeado de […] chamuscada y ella la aparta con los pies para sentarse en el quicio y reconstruir la noche anterior. Estaba en el interior, intentando dormir. Todo empezó cuando alguien les zarandeó la tienda y ella gritó. Le preguntaron si tenía un mechero, dijo que no y se negó a abrir la cremallera. “Lo hacen mucho, estaban comprobando si había alguien dentro, para ver si podían entrar a robar”, cuenta. Extiende los brazos en señal de vacío, preguntándose concretamente qué querían: las bolsas de patatas fritas de sus descendientes, las mantas sobre las que duermen los cuatro, un petate lleno de ropa sucia.

Su tienda se encuentra a un lado de la carretera de acceso al polígono de las Naves, y en esa hilera se han instalado las familias con niños. Enfrente, a unos diez metros, está el campamento más numeroso, donde unas doscientas personas ―la mayoría, hombres― viven en precarias estructuras cuadradas de un metro de altura, coronadas con neumáticos que sostienen el revestimiento de plástico. “Son de ahí, sí”, confirma Nihad, “nosotros [las familias] nos hemos puesto lejos porque no queremos problemas”, dice. Cuenta que en campamento anexo son habituales las trifulcas nocturnas, y por eso prefieren aislarse, aunque sea unos metros.

Un rato después de la llamada, su marido salió para ir al baño con su descendiente Ali, el mayor, en torno a las 11 de la noche. Regresó gritando “¡fuego!” y todos salieron corriendo. Vio las llamas en la nave de enfrente. “Me asusté mucho, pensé que habían vuelto”, dice ella. Y es que hace solo dos noches el descendiente de Nihad recibió un disparo en la cabeza de una escopeta de balines por parte de dos hombres encapuchados. También era de madrugada y un grupo de hombres en moto comenzó a lanzar piedras y acosar a las chabolas vecinas, insultándoles. Una pareja de hombres que hablaban en dairya (variedad coloquial y oral del idioma árabe que se habla en Jovenlandia) bajaron hasta las inmediaciones y cuando ella les gritó que pararan, respondieron que les iban a quemar. No vio que llevaran bidones de gasolina, pero se asustó. De pronto, desde el interior de la tienda, notó un impacto en su costado y su descendiente chilló. Vio la sangre saliéndole a borbotones de la frente y los atacantes huyeron. La policía se llevó al niño al hospital y la familia puso una denuncia. Nihad no durmió esa noche, tampoco la siguiente.

Por eso el jueves creyó que habían vuelto. “Fue lo primero que pensé, y era lo que me decía el niño, que si otra vez venían a por nosotros”, cuenta. Ali aún tiene una tirita rectangular en la frente, con el betadine fresco de la última cura. Viene de refugiarse en la sombra dentro del polígono, lleva una camiseta de Lamine Yamal y está sonriente hasta que escucha que su progenitora está hablando de lo que vivieron hace pocas horas. Se le ensombrece la mirada. “Yo trato de explicarle que no todo el mundo es así de malo, pero cada vez es más difícil”, cuenta la progenitora.

Cuando llegaron los bomberos a hacerse cargo del incendio, empezaron las hipótesis de cómo se había originado el fuego. Nihad no lo vio, pero algunos de los migrantes de chabolas más cercanos decían que había sido por unas velas. Otros, que había sido cocinando. La mayoría culpaba a un grupo que suele consumir alcohol durante la noche, y creían que en mitad de la bulla habían derramado algo y había ansioso ardiendo. Es la principal hipótesis que maneja la Policía el día posterior al incendio, que el fuego se originara por “un descuido”, o una causa accidental.

“Por la rapidez con la que ardió, no fueron unas velas. Esa columna de humo, y a esa velocidad, tuvo que haber algo inflamable”, barrunta Mohamed, de la contrata de limpieza ACC. Retira una muñeca calcinada hacia el recogedor, y añade: “Los de este lado no, pero allí arman jaleo muchas noches, vete a saber lo que ha pasado, porque vaya nochecita ayer, esto fue un infierno”, cuenta. Comenta con su compañero la detención de un trabajador público del Servilimpce por otros fuegos provocados también el jueves y varios días de la semana anterior. “Si le pillo, le hago pagar hasta el último euro de lo que ha quemado”, dice, enfadado.

Mientras, en la hilera del campamento familiar, unos chicos de no más de 20 años están mudando su chabola. No quieren estar del lado que ayer ardió, confirman que en cuanto cae el sol todo se vuelve más peligroso. Son Adnan, Mohamed y Awad, y terminan de trasladar sus pertenencias de un lado a otro de la carretera mientras se encogen de hombros ante la pregunta de qué pasó anoche.

Cuánto más cerca del foco principal del fuego, más se aprieta el silencio. Los migrantes que aún están reconstruyendo sus camastros sonríen amables, pero tienen miedo. Repiten las teorías de las velas, del alcohol, algunos vieron una fogata y otros no. Dicen que el grupo que podría ser responsable huyó de allí al declararse el incendio, y hoy no les han visto regresar al Tarajal. “Nadie quiere estar aquí”, dice un joven que prefiere no dar su nombre pero sí resumir un sentir unánime. Todos buscan una plaza en los embolsamientos oficiales construidos en la ciudad, pero en un mes no han conseguido nada mejor que esto.

A Nihad le sucede lo mismo, ha peregrinado por todos los emplazamientos con la misma respuesta: no hay sitio. “Yo pensé que esto duraría una semana, creí que podría aguantar dormir en la calle, pero ya van más de cuarenta días, con disparos y fuegos. ¿Qué ocurrirá esta noche?“, se pregunta. No lo dice así, pero el fuego ha arrasado algo más que 42 chabolas. ”No quiero, pero después de esto creo que tendremos que volver a Jovenlandia", musita. Al oírla, tanto Ali como su hermano de tres años empiezan a gritar “a Jovenlandia no, a Jovenlandia no”, compitiendo para ver quién agita la cabeza a izquierda y derecha con más velocidad.

Ali dice que si le devuelven, “en menos de una hora” estará aquí otra vez. Cuenta que entró nadando por el mar pero no llevaba manguitos, como su hermano. El pequeño sigue coreando “Jovenlandia no, Jovenlandia no”, mientras termina el zumo que incluía el reparto de comida de la Cruz Roja. Según la denuncia presentada por los disparos a Ali, la familia de Nihad habita ahora en “domicilio desconocido”. A menos de cinco kilómetros de esta tienda blanca, en Jovenlandia, está el domicilio conocido. Tan cerca que el reloj del teléfono a veces confunde la hora de un país y otro, y hace un mes Nihad desactivó la opción automática y fijó la hora de España como la suya. El reloj pasa, pero no le dice por cuánto tiempo más seguirá siendo así.
 
Más sobre: Ceuta · Familia · Marruecos
Que cada palo aguante su vela.

Estoy harto de lo que está pasando, y aquí solo poniendo parches, medio planeta riéndose de nosotros y lo que pasa en Ceuta no os extrañe que vaya pasando en el resto de España porque han comprobado que somos un país que no reacciona.
 

“Voy a tener que volver a Jovenlandia, no puedo aguantar sin saber que pasará esta noche, si volverá el fuego, si nos dispararán otra vez, así no se puede estar” dice Nihad El Mazraoui. Tiene 29 años, dos descendientes de ocho y tres años y es de Castillejos. Lleva desde que cruzó la frontera el 31 de julio durmiendo en el exterior de Las Naves del Tarajal, en una tienda de campaña junto a su marido. La precaria estructura, sostenida sobre unos palés, se libró de las llamas del incendio que se produjo la madrugada del jueves, y que calcinó 42 chabolas.

El exterior está rodeado de […] chamuscada y ella la aparta con los pies para sentarse en el quicio y reconstruir la noche anterior. Estaba en el interior, intentando dormir. Todo empezó cuando alguien les zarandeó la tienda y ella gritó. Le preguntaron si tenía un mechero, dijo que no y se negó a abrir la cremallera. “Lo hacen mucho, estaban comprobando si había alguien dentro, para ver si podían entrar a robar”, cuenta. Extiende los brazos en señal de vacío, preguntándose concretamente qué querían: las bolsas de patatas fritas de sus descendientes, las mantas sobre las que duermen los cuatro, un petate lleno de ropa sucia.

Su tienda se encuentra a un lado de la carretera de acceso al polígono de las Naves, y en esa hilera se han instalado las familias con niños. Enfrente, a unos diez metros, está el campamento más numeroso, donde unas doscientas personas ―la mayoría, hombres― viven en precarias estructuras cuadradas de un metro de altura, coronadas con neumáticos que sostienen el revestimiento de plástico. “Son de ahí, sí”, confirma Nihad, “nosotros [las familias] nos hemos puesto lejos porque no queremos problemas”, dice. Cuenta que en campamento anexo son habituales las trifulcas nocturnas, y por eso prefieren aislarse, aunque sea unos metros.

Un rato después de la llamada, su marido salió para ir al baño con su descendiente Ali, el mayor, en torno a las 11 de la noche. Regresó gritando “¡fuego!” y todos salieron corriendo. Vio las llamas en la nave de enfrente. “Me asusté mucho, pensé que habían vuelto”, dice ella. Y es que hace solo dos noches el descendiente de Nihad recibió un disparo en la cabeza de una escopeta de balines por parte de dos hombres encapuchados. También era de madrugada y un grupo de hombres en moto comenzó a lanzar piedras y acosar a las chabolas vecinas, insultándoles. Una pareja de hombres que hablaban en dairya (variedad coloquial y oral del idioma árabe que se habla en Jovenlandia) bajaron hasta las inmediaciones y cuando ella les gritó que pararan, respondieron que les iban a quemar. No vio que llevaran bidones de gasolina, pero se asustó. De pronto, desde el interior de la tienda, notó un impacto en su costado y su descendiente chilló. Vio la sangre saliéndole a borbotones de la frente y los atacantes huyeron. La policía se llevó al niño al hospital y la familia puso una denuncia. Nihad no durmió esa noche, tampoco la siguiente.

Por eso el jueves creyó que habían vuelto. “Fue lo primero que pensé, y era lo que me decía el niño, que si otra vez venían a por nosotros”, cuenta. Ali aún tiene una tirita rectangular en la frente, con el betadine fresco de la última cura. Viene de refugiarse en la sombra dentro del polígono, lleva una camiseta de Lamine Yamal y está sonriente hasta que escucha que su progenitora está hablando de lo que vivieron hace pocas horas. Se le ensombrece la mirada. “Yo trato de explicarle que no todo el mundo es así de malo, pero cada vez es más difícil”, cuenta la progenitora.

Cuando llegaron los bomberos a hacerse cargo del incendio, empezaron las hipótesis de cómo se había originado el fuego. Nihad no lo vio, pero algunos de los migrantes de chabolas más cercanos decían que había sido por unas velas. Otros, que había sido cocinando. La mayoría culpaba a un grupo que suele consumir alcohol durante la noche, y creían que en mitad de la bulla habían derramado algo y había ansioso ardiendo. Es la principal hipótesis que maneja la Policía el día posterior al incendio, que el fuego se originara por “un descuido”, o una causa accidental.

“Por la rapidez con la que ardió, no fueron unas velas. Esa columna de humo, y a esa velocidad, tuvo que haber algo inflamable”, barrunta Mohamed, de la contrata de limpieza ACC. Retira una muñeca calcinada hacia el recogedor, y añade: “Los de este lado no, pero allí arman jaleo muchas noches, vete a saber lo que ha pasado, porque vaya nochecita ayer, esto fue un infierno”, cuenta. Comenta con su compañero la detención de un trabajador público del Servilimpce por otros fuegos provocados también el jueves y varios días de la semana anterior. “Si le pillo, le hago pagar hasta el último euro de lo que ha quemado”, dice, enfadado.

Mientras, en la hilera del campamento familiar, unos chicos de no más de 20 años están mudando su chabola. No quieren estar del lado que ayer ardió, confirman que en cuanto cae el sol todo se vuelve más peligroso. Son Adnan, Mohamed y Awad, y terminan de trasladar sus pertenencias de un lado a otro de la carretera mientras se encogen de hombros ante la pregunta de qué pasó anoche.

Cuánto más cerca del foco principal del fuego, más se aprieta el silencio. Los migrantes que aún están reconstruyendo sus camastros sonríen amables, pero tienen miedo. Repiten las teorías de las velas, del alcohol, algunos vieron una fogata y otros no. Dicen que el grupo que podría ser responsable huyó de allí al declararse el incendio, y hoy no les han visto regresar al Tarajal. “Nadie quiere estar aquí”, dice un joven que prefiere no dar su nombre pero sí resumir un sentir unánime. Todos buscan una plaza en los embolsamientos oficiales construidos en la ciudad, pero en un mes no han conseguido nada mejor que esto.

A Nihad le sucede lo mismo, ha peregrinado por todos los emplazamientos con la misma respuesta: no hay sitio. “Yo pensé que esto duraría una semana, creí que podría aguantar dormir en la calle, pero ya van más de cuarenta días, con disparos y fuegos. ¿Qué ocurrirá esta noche?“, se pregunta. No lo dice así, pero el fuego ha arrasado algo más que 42 chabolas. ”No quiero, pero después de esto creo que tendremos que volver a Jovenlandia", musita. Al oírla, tanto Ali como su hermano de tres años empiezan a gritar “a Jovenlandia no, a Jovenlandia no”, compitiendo para ver quién agita la cabeza a izquierda y derecha con más velocidad.

Ali dice que si le devuelven, “en menos de una hora” estará aquí otra vez. Cuenta que entró nadando por el mar pero no llevaba manguitos, como su hermano. El pequeño sigue coreando “Jovenlandia no, Jovenlandia no”, mientras termina el zumo que incluía el reparto de comida de la Cruz Roja. Según la denuncia presentada por los disparos a Ali, la familia de Nihad habita ahora en “domicilio desconocido”. A menos de cinco kilómetros de esta tienda blanca, en Jovenlandia, está el domicilio conocido. Tan cerca que el reloj del teléfono a veces confunde la hora de un país y otro, y hace un mes Nihad desactivó la opción automática y fijó la hora de España como la suya. El reloj pasa, pero no le dice por cuánto tiempo más seguirá siendo así.

¿Ves qué fácil? Si él mismo tiene la solución. Que no tarde. roto2
 
¿Qué familia? No hay ninguna familia en todos esos "migrantes", que aún no han vuelto a su país.
 

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