El resumen es que el viejo, Alejandro Fernández, fundador de Pesquera (el vino de verdad, no la marca que ahora es un guiñapo), tenía cuatro hijas. Tres de ellas, según el juez, le hicieron la vida imposible con un acoso y derribo psicológico digno de una telenovela venezolana. El motivo: querían que les traspasara el control de la bodega antes de tiempo.
El tío, con más agallas que sus herederas, se plantó. Hizo testamento ológrafo (de su puño y letra, para que no hubiera dudas) y les dejó a las tres una peseta. Todo el pastel, la bodega, las participaciones... se lo dejó a la cuarta hija, hija también de su segunda muyer. Las otras tres, lógicamente, pusieron pleito.
El Tribunal Supremo les ha dado con la puerta en las narices. Confirmó que el testamento era válido y que las causas de desheredación (injuria, maltrato psicológico) estaban más que probadas. Así que se quedaron sin el negocio y, de paso, sin la marca 'Pesquera', que ahora controla la hermana 'buena'.
Sarracena: en esta vida, querer acelerar los plazos del destino suele salir caro. Y más cuando el que tiene el testamento tiene más carácter que un Rioja reserva. Lo de muyer es lo de menos; aquí hubo hijas que se creyeron más listas que el viejo y les salió el tiro por la culata. Fin de la función.