¿Más leyes, menos moral? La extraña utopía de la ley natural
La ley está para saltársela, pero sobre todo para que alguien cobre por redactarla. No es una provocación callejera: es la conclusión a la que llega una corriente de pensamiento que ve en el legicentrismo el origen de todos los males. Más normas, menos ética; más prohibiciones, más embrutecimiento. La receta, aplicada con lógica implacable, desemboca en la añoranza de una “ley natural” que ni sus defensores se ponen de acuerdo en definir.
El legislador que legisla para vivir
Entre los argumentos que circulan destaca uno tan cínico como difícil de rebatir: la ley la crea el legislador para justificar el sueldo que cobra. Si al ciudadano no le gusta, se aprueba otra ley para prohibir que no le guste. La sátira tiene su punto, pero también su límite: el derecho positivo existe, entre otras cosas, para garantizar que no se denuncie por una broma. La expresión original, grosera pero expresiva, se utiliza sin pudor en esta corriente.
La paradoja de la ley natural
El problema surge cuando se pide a la vez menos leyes y una “ley común de bienestar”. Si el mundo funcionaría bien sin legislación, ¿para qué hace falta esa ley común? La contradicción fue señalada con ironía: “una ley común que no es una ley porque el mundo no necesita leyes”. Y es que la ley natural, como el amor, se invoca pero no se define. ¿Quién decide qué es justo? ¿Los Diez Mandamientos? La pregunta queda flotando.
El discurso del odio, campo de pruebas
Uno de los ejemplos favoritos es la regulación del discurso del odio en Estados Unidos y España. Se argumenta que prohibir expresiones ofensivas sin intención de dañar es asumir que el ofendido es inferior; que lo mismo puede molestar que le llamen blanco. Es una posición polémica que ignora el contexto histórico y el poder real de ciertos insultos. Pero muestra hasta dónde lleva la lógica anti-legalista: si toda ley es sospechosa, también lo es la que protege a los débiles.
La cuestión, como suele ocurrir con las utopías, no llega a consenso. Pero una cosa queda clara: mientras haya legisladores con nómina, habrá quien piense que las leyes se escriben para ellos. Y eso, al menos, no necesita ley natural que lo explique.