La tasa de 1,12 y el espejismo de la inmigración demográfica
Las cuentas no salen. Con una tasa de fecundidad de 1,12 hijos por mujer, España no alcanza el reemplazo generacional —el nivel necesario es 2,1— y cada año que pasa sin corrección acerca un escenario que hasta hace poco parecía de ciencia ficción: una población reducida a una cuarta parte en un siglo. El dato, manejado en círculos de análisis demográfico, ha reabierto el debate sobre si la inmigración es un parche o el preludio de un cambio de país.
La proyección más citada lleva la población española hasta los 10 millones de habitantes en 2125, de los cuales apenas entre medio millón y un millón serían nacidos en España con varias generaciones de arraigo. Dicho sin rodeos: una vuelta a la población de la Edad del Bronce, pero con la economía de un país desarrollado. No es un vaticinio aislado: hay cálculos que reducen la fecundidad autóctona, excluyendo madres de origen inmigrante, hasta el entorno de 0,45-0,5 hijos por mujer. Esas cifras dejarían a la población autóctona en situación de extinción de facto antes de acabar el siglo.
¿Precariedad o cambio de valores?
Las explicaciones se dividen entre quienes subrayan el efecto de la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral sin una red de apoyo suficiente, y quienes apuntan a la precariedad material: salarios bajos, vivienda inaccesible e inestabilidad laboral. La anécdota personal se convierte en estadística cuando se constata que parejas con empleo y deseo de tener hijos posponen la maternidad sine die por falta de condiciones. Frente a esto, hay quien argumenta que el problema es anterior a la crisis de 2008 y responde a un cambio cultural profundo: la maternidad dejó de ser un proyecto vital dominante.
Inmigración: la solución que no arregla las cuentas
El dato que descoloca al relato oficial: un tercio de los nacidos en España son ya de madres extranjeras, según recogían en mayo de 2023 El Mundo y La Vanguardia, que cifraban en 18 millones la suma de inmigrantes y nacionalizados. La natalidad española se sostiene en parte gracias a la población llegada de fuera. Pero la tasa de fecundidad de las mujeres inmigrantes también cae con los años de residencia, y el efecto relleno no impide que el conjunto siga muy por debajo del reemplazo. Hay quien sostiene que el verdadero freno al colapso no será una política oficial sino el colapso mismo del sistema: el Estado que necesita inmigrantes para pagar pensiones perderá capacidad de atraerlos cuando los servicios públicos se degraden.
El experimento mental de la España vaciada
La discusión deriva a veces hacia propuestas radicales, desde el fomento de comunidades de población autóctona en zonas despobladas hasta la resignación: si todas las civilizaciones acaban desapareciendo, ¿por qué España sería distinta? La referencia al experimento Universo 25, la colonia de ratones que colapsó por retraimiento social, planea sobre el debate como advertencia. Pero la demografía no es un destino inexorable: Corea del Sur, con tasas aún más bajas, no se ha extinguido, y los cambios de políticas públicas tardan décadas en dar resultados, si los dan.
La conclusión, por ahora, es incómoda: los datos dicen que el declive es probable, pero no dicen cómo se rompe la inercia. Quienes apuestan por la inevitabilidad tienen las matemáticas de su lado; quienes confían en un correctivo sistémico esperan que la historia demuestre que las proyecciones lineales nunca se cumplen del todo. Las proyecciones demográficas han fallado antes, pero ninguna generación había tenido un dato tan malo con una ventana de corrección tan corta. El futuro, en cualquier caso, se escribirá en las nóminas y en las guarderías antes que en los informes. Ahí es donde conviene mirar.