El desajuste educativo que deja a un cuarto de universitarias sin pareja de su nivel
Una cuarta parte de las mujeres con estudios superiores tendría que quedarse sin
pareja o emparejarse con un varón de menor nivel educativo. El dato, publicado por la socióloga Maike van Damme, investigadora del Centre d'Estudis Demogràfics de
Barcelona, ha reabierto la caja de los truenos: el número de universitarias ya supera al de universitarios y eso tensa el mercado del amor heterosexual. Al mismo tiempo, el 42% de los hombres con
educación baja y valores tradicionales no encontrará pareja femenina con su misma educación y valores. La conclusión que resume el demógrafo Albert Esteve es una frase que se ha vuelto viral: «Los hombres buscan mujeres que ya no existen y las mujeres buscan hombres que aún no existen».
El diagnóstico no es una rareza sociológica. Según la Encuesta Continua de Hogares, el 39% de las mujeres y el 51% de los hombres entre 30 y 34 años, la edad central para la maternidad, ni convive con pareja ni están casados. Es decir, el desencuentro no es solo femenino, aunque el relato público se empeñe en contarlo así. Van Damme responde a la etiqueta del «heteropesimismo» con una pregunta incómoda: «¿Pesimismo o realismo?».
Por qué las mujeres con carrera no encuentran pareja de su nivel
El mecanismo es sencillo de explicar y difícil de digerir. Durante siglos funcionó la hipergamia: la búsqueda de pareja del mismo o mayor nivel socioeconómico. Ahora la coyuntura se ha invertido y las mujeres empiezan a emparejarse con hombres de un nivel, en principio, inferior. Pero nadie lo reconoce en voz alta, por deseabilidad social, y la mayoría termina juntándose con alguien de un nivel semejante. El resultado es un embudo: hay más candidatas que candidatos en la parte alta de la pirámide educativa.
Hay quien sostiene que el problema no es de títulos sino de expectativas. «Prefiero un hombre sin estudios y que ayude que uno con estudios que no lo haga», resume una de las entrevistadas del reportaje. La compatibilidad ideológica aparece como requisito «fundamental e imprescindible» para otra. Y ahí está la trampa: los intereses y visiones del mundo que se piden van asociados, casi siempre, al nivel educativo.
El boom de las apps y la exigencia que sube como la espuma
Las aplicaciones de citas han metido gasolina en el fuego. La probabilidad de conocer a gente muy diversa es mayor que nunca; también lo es la de cribar con un perfil cada vez más concreto. Más oferta, más exigencia. El mercado amoroso, como cualquier mercado, se vuelve más selectivo cuanto más grande es el escaparate.
La tensión se nota en las conversaciones cotidianas. Una parte del análisis sostiene que ellos buscan mujeres menos exigentes en responsabilidad afectiva o cuidados, para llevar una vida de pareja más fácil. Otra corriente lo niega de plano y apunta a que la criba femenina es más ideológica que económica. Lo que casi nadie discute es el resultado: cada vez más gente sola en la franja de los treinta.
El relato del «las mujeres son más exigentes» y sus grietas
La frase que titula el asunto tiene defensores y detractores. Hay quien la lee como una verdad incómoda y quien la considera una forma elegante de no hablar del elefante en la habitación: el abandono masculino de la universidad en busca de ingresos rápidos, y el clasismo de ciertas carreras frente a las STEM. El propio artículo admite que es difícil encontrar a alguien que confiese que jamás se juntaría con una persona sin estudios.
El desajuste de roles es la clave que señalan los demógrafos. Las vidas de las mujeres han cambiado mucho más rápido que las de los hombres. «La única solución es que tanto hombres como mujeres evolucionen al mismo ritmo para cerrar esta brecha», sentencia Van Damme. Mientras eso ocurre, el mercado sigue funcionando a su manera: imperfecto, lento y con más solteros de los que el relato oficial reconoce.
¿Y si el problema no fuera que sobran exigencias, sino que faltan conversaciones honestas sobre lo que cada parte espera de la otra?