El miedo de las mujeres en Ceuta abre una batalla por el relato
Las calles de Ceuta vuelven a ser el escenario de un pulso político. Esta vez no es la valla ni la presión migratoria: son las voces de las mujeres que aseguran no poder salir a la calle. Alrededor de ese grito se ha montado una disputa que mezcla miedo real, apropiación del victimismo y una vieja estrategia: usar el género para tapar el resto.
Dos lecturas del mismo miedo
Hay quien sostiene que el relato femenino eclipsa a otras víctimas: hombres jóvenes apaleados, ancianos robados, también en las calles de Ceuta. Esa corriente habla de “apropiación del victimismo” y recuerda que, según sus cálculos, el 95% de las mujeres habría respaldado la entrada de migrantes para después erigirse en las únicas damnificadas. En el extremo contrario, se defiende que subrayar el miedo de las mujeres es una estratagema para conmover al progresismo y forzar una reacción institucional de una vez. Una tercera lectura, más escéptica, apunta que hombres y mujeres cruzan la frontera en proporciones similares, así que el impacto no debería tener género.
El cruce de acusaciones no se detiene ahí: unos ven xenofobia en cualquier mención al origen de los agresores; otros responden que esa acusación solo busca desactivar la crítica a la gestión de fronteras.
El dato que descoloca
Si entran y salen cantidades parecidas de hombres y mujeres, como apunta esa lectura escéptica, ¿por qué el miedo tiene nombre de mujer? Esa asimetría es la que alimenta la sospecha de manipulación. Mientras nadie aporte una cifra contrastada, el 95% seguirá siendo un arma retórica –y el miedo real, un argumento político de ida y vuelta.