El mito de las brujas modernas: de la conspiración a la realidad
En los márgenes de internet resurge una vieja creencia: que muchas mujeres practican ocultismo a escondidas, formando una especie de aquelarre secreto. La discusión, que combina referencias a Aleister Crowley, tatuajes simbólicos y supuestos rituales, no aporta pruebas pero sí revela la persistencia de un arquetipo misógino.
Tatuajes y símbolos: ¿señales de brujería?
El argumento central se apoya en la interpretación de tatuajes corrientes —serpientes, fases lunares, Saturno— como marcas de pertenencia a un culto oculto. Se menciona la Wicca como supuesta tapadera, pero ningún dato concreto respalda que exista una red organizada de brujas. La realidad es más prosaica: esos diseños son populares en la cultura del tatuaje y no implican creencias mágicas.
El discurso de la misoginia disfrazada
Bajo la teoría de la conspiración subyace una visión negativa de la mujer: se les atribuye egoísmo, maldad e incluso asesinatos encubiertos. Afirmaciones como "todas tienen el pelo cano a los 30" o "envenenan a sus maridos para cobrar la pensión" carecen de base estadística y pertenecen al catálogo de tópicos machistas. El que afirma haber realizado rituales satánicos con éxito no ofrece más que su testimonio personal.
¿Qué hay de cierto?
La práctica de la brujería y el neopaganismo es minoritaria, legal y no secreta. Organizaciones como la Wicca están registradas y no esconden sus actividades. No existe evidencia de complots femeninos para someter a los hombres ni de crímenes rituales masivos. La conspiración se alimenta de la desconfianza hacia lo femenino y del desconocimiento de la simbología.
En definitiva, el debate ilustra cómo los miedos atávicos se reciclan en foros digitales, pero la realidad se mantiene tozuda: las mujeres no son brujas, y si algunas lo son, lo hacen a plena luz del día, sin secretos ni aquelarres globales.