Películas de la Segunda Guerra Mundial: mito y realismo a examen
¿Aguanta una película bélica de los años cincuenta un visionado hoy sin desmoronarse? La respuesta que domina en este debate es que no. Los clásicos de Hollywood sobre la
Segunda Guerra Mundial arrastran una acusación que va más allá del gusto: la de ser un decorado limpio, previsible y falso. Uniformes que delatan su condición de disfraz, soldados recién planchados, alemanes sin puntería y un enemigo convertido en caricatura. Según esta corriente, la brecha se ve al poner cualquier título de los cincuenta junto a una producción como
Enemigo a las puertas, y el veredicto no admite matices.
Disfraces limpios y tanques que no son de época
El reproche técnico es concreto. Los uniformes se notan nuevos, sin barro ni desgaste tras semanas de campaña, y los personajes se tratan de usted incluso entre enemigos en pleno combate. A los alemanes se les retrata como torpes y sin puntería, capaces de morir por decenas al mínimo intercambio de fuego. Y el parque móvil delata el rodaje:
tanques M60 haciendo de panzers, vehículos de una generación posterior disfrazados de alemanes de 1944.
La queja alcanza a títulos de prestigio.
La gran evasión entra en la lista de decepciones por su aire aséptico, y el mismo rasero cae sobre
Los cañones de Navarone,
Brigada del diablo o buena parte del catálogo de Michael Caine, con muertes calificadas de ridículas. El diagnóstico es tajante: producto de videoclub que hoy no estrenaría ni la plataforma más desesperada.
Los títulos que sí sobreviven al filtro
No todo cae. La lista de excepciones es corta pero insistente:
Stalingrado (1993),
Das Boot,
La cruz de hierro,
Los violentos de Kelly —«por sus buenos recuerdos», matizan— y, sobre todo,
Enemigo a las puertas como nuevo rasero del género. A ellas se suman las dos aproximaciones de Clint Eastwood a Iwo Jima y
Estrella, señal de socorro, de la que se recuerda, antes que nada, la música.
El abanico de títulos defendidos es más amplio de lo que parece:
Un puente lejano,
El desafío de las águilas —por el paisaje, por Burton, por el desenlace—,
El puente de Remagen,
Morituri o
Stalag 13. En terreno de miniserie,
Hijos del Tercer Reich aparece como el contrapunto alemán más sólido, y
Los 28 de Panfilov se cita como ejemplo ruso que respeta vestuario, armas y escenarios.
Hay además una discrepancia sobre el cine reciente. Frente a los que defienden
Land of Mine, aparece la réplica de que el cine ruso actual copia los peores vicios de Hollywood, con tanques capturados y tripulaciones imposibles incluidas. La tentación de la fantasía, sostienen, no es patrimonio exclusivo de Estados Unidos.
El Akagi, el Bismarck y las cifras que rompen el relato
Aquí está una de las claves. Según un cálculo que circula en el hilo, el portaaviones
Akagi, un buque de
33.800 toneladas, fue hundido por los estadounidenses con una sola bomba de
1.000 libras (450 kg), aunque los relatos de la batalla de Midway aclaran que hubo dos que fallaron por pocos metros. Al
Bismarck, según esa misma fuente, le cayeron más de 50 proyectiles de 14 pulgadas (700 kg) y de 16 pulgadas (unos 1.000 kg) de los acorazados Prince of Wales y Rodney, y aun así tuvo que hundirlo su propia tripulación con cargas explosivas en los bajos.
Un solo impacto que decide una batalla frente a un barco que no se va ni a cañonazos. El contraste descoloca más que cualquier guion, y explica por qué muchos aficionados recurren a la historia real para medir la credibilidad de una película. La realidad, dicen, supera a la ficción.
El «usted» era real y los planos, de archivo
La defensa del clasicismo tiene argumentos. El trato de usted no era un error de guion: tutear a un desconocido se consideraba impertinente, y más aún entre militares, aunque fueran enemigos. Una anécdota que se repite es la de una superproducción setentera con Glenn Ford y Charlton Heston, rodada con imágenes reales cedidas baratas por los archivos militares; cuentan que Charlton Heston convenció al reparto para rebajar su sueldo y cuadrar el presupuesto, lo que explica que apenas hubiera estrellas.
También recuerdan que sin CGI los aviones y tanques eran de atrezo, pero que los actores y los guiones no eran basura. La lista de títulos reivindicados es larga:
Duelo en el Atlántico,
Objetivo Birmania,
El puente sobre el río Kwai,
De aquí a la eternidad,
Tora, Tora, Tora,
La noche de los generales. Y ahí surge una pregunta incómoda: ¿se juzga la película o se juzga la época?
La sombra de la propaganda
Porque el otro gran reproche no es estético, sino político. Una parte del público sostiene que la mayoría de este cine es propaganda, y que las producciones estadounidenses son las más burdas: alemanes malísimos, aliados heroicos y un papel soviético reducido a la mínima. La consecuencia, según esta tesis, sería que buena parte del público occidental cree que Estados Unidos ganó la guerra en solitario. La contraofensiva llega desde otro flanco: quien solo ve consignas en un bando suele ignorarlas en el propio.
Una anécdota ilustra hasta qué punto el tema toca nervio. Al confesar que gustaba
Stalingrado, la de 1993, la reacción de una mujer de Volgogrado —antigua Stalingrado— fue de enfado: sus abuelos lo pasaron mal. Para muchos rusos la guerra no es material de entretenimiento, y ese detalle explica por qué el género se mira con recelo a ambos lados. «Vista una, vistas todas», zanjan los más cansados.
Con este panorama, uno esperaría que el cine bélico estuviera muerto y enterrado. Seguimos esperando.