Pensiones contributivas: ¿qué nos merecemos después de 45 años cotizando?
Un pensionista que ha cotizado 45 años por una base de 3.000 euros mensuales aporta al sistema unos 534.870 euros. A cambio, si cobra la pensión máxima durante 21,87 años, recibe 918.540 euros. El déficit por cabeza supera los 383.000 euros. En el extremo opuesto, un pensionista no contributivo percibe 192.526 euros sin haber aportado nada. La paradoja es que el sistema “regala” el doble al que más ha cotizado, pero ambos números son insostenibles a largo plazo.
El cálculo que divide a los analistas
Los números anteriores han sido puestos en entredicho: la pensión media contributiva ronda los 1.450 euros mensuales, no los 3.000, y la esperanza de vida a los 67 años es de 20 años según el INE, no de 21,87. Con datos realistas, se necesitarían unos 38,5 años de cotización para que el trabajador cubra su propia pensión — sin contar rendimientos —. Pero el sistema actual tiene una tasa de reemplazo del 75% para 37 años cotizados, lo que genera un desajuste demográfico imparable: más jubilados, menos cotizantes.
La generación atrapada: cotizar poco o ahorrar mucho
Una corriente de pensamiento sostiene que el sistema es una estafa piramidal y que lo sensato es cotizar lo mínimo necesario para acceder a derechos básicos (paro, bajas) y destinar el resto a inversión privada. “Tu pensión la construirás tú, o no será”, argumentan. Frente a esto, otros defienden que el Estado nunca recortará de golpe, sino que lo hará por goteo vía impuestos o retraso de la edad de jubilación. Los jóvenes con vivienda pagada y sin hijos, según este análisis, serán carne de cañón para impuestos municipales y recortes selectivos.
Impuestos, herencias y la trampa del IBI
El debate alcanza el terreno fiscal: un jubilado con casa pagada pero sin descendencia puede ver cómo el IBI y las tasas se convierten en una losa. Las pensiones “altas” serán las primeras en ser ajustadas. La estrategia del “pobre precavido” — no tener ahorros y solo la vivienda habitual — se presenta como una jugada maestra contra el Leviatán, pues el desahucio por impago del IBI es políticamente inviable. Pero la deuda se acumula y puede embargar cuentas.
La pregunta que queda en el aire es si el sistema aguantará hasta que los actuales treintañeros se jubilen. A juzgar por las cuentas, las perspectivas son sombrías.
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