De la Ilustración a Poltava: raíces históricas de la rusofobia
La rusofobia se cuenta por siglos, no por meses. Frente al relato que sitúa el rechazo a Rusia como reacción a la invasión de Ucrania de 2022, una corriente del análisis histórico rastrea su origen bastante antes: en la Ilustración francesa, en el pulso entre el Papado y el emperador romano de Oriente y en las derrotas militares del norte de Europa frente a Rusia, según esa lectura. Otra corriente responde que no existe ese odio atávico y que todo arranca con las acciones rusas de las últimas décadas. Dos relatos incompatibles.
De la Ilustración francesa a la guerra de Crimea
La versión más extendida fecha la rusofobia en Gran Bretaña durante la guerra de Crimea, o en varios países occidentales a la vez por entonces. Hay quien lo retrasa al menos un siglo. El capítulo que «Imperiofobia y Leyenda Negra», de María Elvira Roca Barea, dedica a la rusofobia sitúa el arranque en la Ilustración francesa, donde se habrían acuñado los tópicos de la «leyenda negra rusa». El rastro puede llevarse aún más atrás: al pulso entre el Papa y el emperador romano de Oriente, al nombramiento de Carlomagno y al cisma posterior. Ese papel de antagonista lo hereda Francia y, después, cualquier potencia al norte de los Pirineos que alcance algo de protagonismo.
Poltava, Finlandia y el recelo del norte
El mapa de las desconfianzas tiene capítulos concretos. La rusofobia sueca se remonta, según esta lectura, a Poltava, donde Rusia terminó con sus sueños imperiales. El caso finlandés es más curioso: Finlandia fue colonia sueca, su élite era sueca y su idioma oficial, el sueco; al llegar los rusos, la autonomía vino acompañada de permiso para hablar finés, y aun así el recelo no se disolvió. Con Polonia el argumento cambia: no es solo desconfianza, es saber que a la mínima se los comen por derecha o por izquierda. Para esta lectura pesan siglos de vecindad, no la propaganda reciente.
El relato opuesto: no hay fobia, hay hechos
Frente a la tesis histórica, otro bloque sostiene que no había rusofobia antes de 1917 ni durante la era Yeltsin, y que hoy tampoco hay fobia: hay descripción de actos. En esa lectura, el rechazo aparece con la invasión de Ucrania y se refuerza con las acusaciones de crímenes de guerra. Añaden un espejo: la OTANfobia, la anglofobia o la hispanofobia que, a su juicio, sí llevan décadas difundiéndose de forma masiva. Frente a esa lectura, el historiador y antropólogo francés Emmanuel Todd, citado en el debate, describe la rusofobia como una patología proyectiva de las sociedades occidentales, una suerte de prueba de Rorschach en la que el observador describe sus propios miedos.
Thatcher, recursos y el detalle económico
Sobre la mesa hay una capa material. Un discurso recurrente atribuye los recelos a la incomodidad de Occidente ante el tamaño de Rusia y la escasa accesibilidad de sus recursos, con discursos de Thatcher como ejemplo citado. De ahí se salta al detalle patrio que aporta un participante: las 510 toneladas de oro que la República envió a la Unión Soviética, cifradas por él en unos 50.000 millones de euros actuales. El desacuerdo no se cierra. Unos ponen el origen en la Ilustración, el cisma y Poltava; otros, en 2022 y lo que vino después. Cada bloque tiene sus fechas. Ninguna encaja del todo con la del otro.