El creacionismo americano, del obispo Ussher al negocio de la fe
Imaginen un país con la NASA y, a la vez, un 40% de su población convencida de que el mundo se creó en siete días. No es una distopía: es Estados Unidos, donde el creacionismo de la Tierra joven es un producto político y económico. La fecha de la creación, el 23 de octubre de 4004 a.C., no la inventó ningún telepredicador texano, sino el obispo anglicano James Ussher en el siglo XVII.
De la anotación al dogma
Ussher no creó un dogma, sino una anotación marginal en las biblias de la época. Esa ayuda de lectura se convirtió en literalidad divina. Los teólogos serios del XVIII y XIX se reían de sus cuentas, pero el daño estaba hecho. En el siglo XX, Henry Morris y el Institute for Creation Research lo vendieron como «ciencia alternativa»: marketing con bibliografía falsa.
El diseño inteligente y el control cultural
El creacionismo es la punta del iceberg. El «designio inteligente» perdió en los tribunales y se disfrazó de «debate crítico». Resultado: parte de la población desconfía de la ciencia tanto como de la política y los medios. Votan en bloque y tragan con lo que diga el pastor.
Geólogos con Biblia
William Buckland y Adam Sedgwick, reverendos anglicanos, aceptaron una Tierra de millones de años porque las rocas les reventaban la cara, pero se atragantaron con Darwin. Lo que les importaba no era la edad, sino el estatus del ser humano: si las especies se transforman, el «hecho a imagen y semejanza» se va al garete.
Lo más descolocante es la rentabilidad. Un país con la NASA mantiene a un 40% de creacionistas. El negocio tiene fecha: 23 de octubre de 4004 a.C.