Abeja Maya
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Teniendo en cuenta que la…
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Sí. Los marcadores genéticos norteafricanos presentes en Galicia, León y Zamora viajaron con los emigrantes del noroeste español a América Latina desde 1880, y hoy aparecen en el ADN de millones de latinoamericanos.
El noroeste de la península ibérica concentra las tasas más altas de marcadores genéticos norteafricanos de toda España. Es lo que sostienen estudios publicados en Nature y secuenciaciones del Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago de Compostela (IDIS), que sitúan ese componente entre el 10% y el 20% según la zona. Ese ADN no llegó ayer: procede de oleadas antiguas, algunas datadas entre los siglos IV y VIII, anteriores a la invasión del 711. El aislamiento de los valles noroccidentales acabó de fijar esa mezcla en la población local con el paso de las generaciones.
Los estudios de genética de poblaciones han cartografiado esa huella con bastante precisión. El mapa genético publicado en Nature y las secuenciaciones del IDIS coinciden en señalar que Galicia, Zamora y León muestran porcentajes de ascendencia norteafricana superiores a la media española. Las horquillas van del 10% al 20% según la comarca, una variación que refleja el aislamiento geográfico de cada valle.
La cronología importa. No se trata de una migración reciente ni de un episodio único y localizado. Las oleadas se acumularon durante siglos, desde el período tardorromano hasta bien entrada la Edad Media. Ese goteo constante, sumado al aislamiento, produjo un perfil genético particular, claramente distinto al de otras regiones de la península.
A partir de 1880, millones de gallegos, leoneses y zamoranos cruzaron el Atlántico. Los destinos principales fueron Argentina, Cuba, Brasil, Uruguay y Venezuela. No viajaban solos: llevaban consigo ese perfil genético específico, muy diferente al de un europeo central o al de otras zonas de España.
La escala del movimiento fue decisiva para el resultado final. Los migrantes del noroeste no eran un grupo pequeño destinado a diluirse entre poblaciones mayores. Llegaron en tal cantidad que su mezcla particular se integró de forma permanente en el patrimonio genético americano. El flujo se mantuvo durante décadas y afectó a regiones enteras del continente.
Cuando un residente de Buenos Aires, La Habana o Caracas con ascendencia española se hace un test autosómico en plataformas como 23andMe o MyHeritage, es frecuente que aparezca un porcentaje residual catalogado como norteafricano o magrebí. Ese porcentaje suele moverse entre el 1% y el 4% del genoma.
Ahí está la clave del asunto. Salvo casos de antepasados esclavizados o de migrantes árabes directos llegados en el siglo XX, ese ADN norteafricano no recorrió una ruta propia hasta América. Se heredó en bloque junto con los segmentos cromosómicos procedentes de Galicia y el antiguo Reino de León. Al mapear el genoma, los científicos observan que el marcador viajó dentro del propio genoma de los colonos e inmigrantes españoles históricos.
Hispanoamérica es un crisol biológico. Los genetistas han descrito el noroeste español como un museo viviente donde conviven linajes celtas, suevos, romanos y norteafricanos. América Latina absorbió esa porosidad histórica a través de la emigración masiva de los últimos dos siglos.
La consecuencia es verificable en millones de genomas actuales. Una herencia surgida a orillas del Mediterráneo y el Magreb hace siglos quedó grabada en el ADN de buena parte de la población latinoamericana. No es una hipótesis: es lo que muestran los análisis de poblaciones contemporáneas. Eso sí, los porcentajes de ancestría varían según la empresa que haga el test y la base de referencia que use, así que conviene tomarlos como estimaciones estadísticas, no como una prueba documental.
Teniendo en cuenta que la…