Lenin ya avisó: la derecha es el trampolín del comunismo
Hay una tesis que recorre los mentideros políticos desde hace años y que estos días ha vuelto a la superficie con fuerza: la derecha no es el enemigo del comunismo, sino su mejor aliado. La idea, que suena a provocación de barra de bar, tiene en realidad un pedigrí intelectual incómodo. Se remonta a las propias palabras de
Lenin, que en 1919 dejó escrito que la «democracia burguesa» era la antesala inevitable de la dictadura del proletariado. Y a las de
Robespierre, que en 1792 ya advertía de que cualquier revolución en Europa comenzaría por los nobles, el clero y los ricos.
La discusión, que ha resurgido con motivo de un análisis sobre la Transición y el papel de la derecha en ella, plantea una pregunta incómoda: ¿y si los partidos que se reclaman liberales y conservadores no fueran más que la comparsa necesaria para que el socialismo llegue al poder por la puerta grande? No es una teoría marginal. Tiene defensores acérrimos y detractores que la consideran una simple patraña conspiranoica.
La tesis: la derecha como correa de transmisión
El argumento central es que la democracia parlamentaria, lejos de ser un dique contra el comunismo, ha sido siempre su
caballo de Troya. Según esta lectura, la legalización del PSOE y del PCE el
10 de febrero de 1977 por parte de los liberales fue la prueba definitiva: sin democracia, al marxismo solo le quedaría la revolución armada, mucho más difícil y costosa. Con el sistema parlamentario, en cambio, el camino hacia las instituciones queda allanado.
Quienes sostienen esta tesis citan al propio Lenin, que en su obra
Deux tactiques (1905) proclamaba que el partido debía servirse de todas las armas a su alcance y que «la democracia y la plena libertad son sus mejores armas». La receta, dicen, es la que ha comprado la derecha con todos sus ingredientes: igualdad, derechos humanos, separación de poderes, libertad de expresión, estado de derecho. Conceptos que, según esta interpretación, coinciden sospechosamente con los mantenidos por la Internacional Comunista.
La conclusión es amarga para el votante conservador: la derecha no sería más que la tapadera de la izquierda para arrastrar a las masas más tradicionalistas por la senda de la revolución. Una especie de
Trotski frente a Stalin, una disidencia controlada que solo sirve para mantener la ficción del pluralismo democrático.
El contraataque: propaganda y simplismo histórico
Frente a esta tesis, las voces críticas no se quedan cortas. Hay quien tacha el análisis de pedante, repetitivo y mal redactado, y acusa a sus defensores de blanquear el comunismo presentándolo como una forma de democracia y libertad. La respuesta más contundente llega desde el terreno de los hechos: según un participante, la URSS impulsó un desarrollo industrial brutal en solo veinte años, algo que nunca antes había pasado en ningún país, y acabó con las hambrunas periódicas mediante una reforma agraria.
También se rebate la equiparación entre zarismo y comunismo. Decir que Lenin y el Zar eran lo mismo es, según esta postura, hablar «muy a la ligera y sin tener ni idea». La URSS venció a la mayor potencia industrial de Europa en la Segunda Guerra Mundial, a un coste de
23 millones de muertos por la invasión nazi, una cifra que, según se denuncia, Occidente olvida sistemáticamente porque desmonta muchas mentiras sobre el régimen soviético.
El debate deriva entonces hacia terrenos más oscuros: la supuesta connivencia entre masonería, judaísmo y capitalismo. Aquí las posturas se radicalizan y aparecen teorías conspirativas que mezclan a los padres fundadores de Estados Unidos con logias masónicas y planes de dominación mundial. Un terreno pantanoso donde los datos escasean y las afirmaciones se disparan sin pruebas.
El papel de la Transición y la derecha actual
Un punto de fricción importante es el papel de la derecha durante la Transición española. Se argumenta que la derecha fraguista contribuyó a legislar constitucionalmente contra toda discriminación por razón de sexo, y que ahora no se trata de retirar subvenciones a colectivos concretos, sino de «descontextualizarlos» de su dependencia histórica de la izquierda para captarlos y absorberlos en su propio redil. Una operación de captación que, según esta lectura, forma parte de la misma estrategia de fagocitación del adversario.
La crítica se extiende a la derecha actual, a la que se acusa de no entender que su papel es precisamente ese: ser la comparsa que permite a la izquierda marcar el camino. «La derecha no es más que la tapadera de la izquierda», sentencia uno de los análisis más repetidos. Y añade: «quien marca el camino es siempre la izquierda, pues el monopolio de la democracia y el antifascismo está en sus manos».
En este contexto, la figura de
Espinosa de los Monteros y sus declaraciones sobre los nazis son utilizadas como prueba de que estamos ante un «rojo infiltrado» que busca timar a los patriotas y conducirlos hacia callejones sin salida. Una acusación que, más allá de su verosimilitud, ilustra la profundidad de la fractura en el seno de la derecha.
La sombra del socialismo fabiano
Uno de los hilos argumentales más sofisticados es el que conecta el liberalismo económico con el socialismo fabiano. Se cita a
Friedrich A. Hayek, autor de
Camino de servidumbre (1944), como ejemplo de «socialista fabiano y catedrático de la London School of Economics» que, paradójicamente, estableció la superioridad del liberalismo económico. La tesis es que el supuesto antagonismo entre derecha e izquierda nunca fue real, y que ambas corrientes comparten una misma concepción materialista de la vida.
El economista canadiense
John Kenneth Galbraith, socialista fabiano y profesor de Harvard, es citado como ejemplo de esta convergencia. Según esta interpretación, vivimos bajo un «socialismo fabiano impuesto por el gran capital, la alta finanza, las grandes multinacionales y la dictadura de los mercados». Una contradicción que, según se afirma, la derecha liberal es incapaz de explicar satisfactoriamente.
La conclusión de este análisis es que el sistema solo va a permitir en el ruedo político dos opciones: liberales y marxistas, a quienes controla a través de la masonería. Una visión que, cuando menos, resulta inquietante para quien se considere de derechas.
El dato que descoloca
Mientras el debate se pierde en disquisiciones sobre masones, reptilianos y planes de dominación mundial, hay un dato que emerge con fuerza: la URSS colapsó en
1992, y lo hizo porque así lo decidieron los que mandan de verdad. Hoy, según esta lectura, vivimos bajo un socialismo fabiano impuesto por el gran capital. La pregunta que flota en el ambiente es incómoda: si la derecha es idiota, ¿quién es el listo que se aprovecha de ello?