Leticia Sabater: «los niños se ponían en fila para tocarme el culo»
Al terminar el programa, el plató se convertía en un problema. Los niños bajaban de las gradas, formaban una fila sobre el escenario y esperaban su turno para hacer lo que habían ido a hacer: «intentar tocarme el culo y las tetas». Lo cuenta Leticia Sabater, presentadora de espacios infantiles de la televisión española, en una entrevista en la que describe cómo su público la abordaba cada tarde. En el formato con más afluencia, con
500 niños en la grada, asegura que la cosa terminaba con ella «medio desnuda en el suelo». No es una denuncia. Es un recuerdo. Y ahí está el problema.
Qué dijo exactamente Leticia Sabater
Preguntada por si había sufrido acoso por parte de los menores, responde que sí, «sin duda», y que se le lanzaban encima hasta dejarla «medio desnuda en el suelo». Preguntada por si le sentaba mal, corta en seco: «No, en absoluto». La presentadora no se coloca en el papel de víctima en ningún tramo del relato, y eso descoloca a quien esperaba una rectificación o un arrepentimiento.
Sobre la sexualización admite el marco, pero le da la vuelta. Reconoce que ella también se vestía «bastante sexy para ellos», con minifaldas y la tripa al aire, y remata con una frase que resume su tesis:
«Siempre he jugado con mi sexualidad. La carne vende». El relato es, en el fondo, una defensa del oficio tal y como se entendía entonces: presentadora joven, público adolescente y un escenario sin normas escritas.
¿Por qué en los 90 nadie llamó escándalo a esto?
Porque las reglas de la época eran otras. El testimonio se enmarca en una televisión en la que el cuerpo de la presentadora era parte del decorado y el deseo del espectador, un ingrediente asumido del espectáculo. La comparación más repetida es con
Xuxa: hay quien llama a Sabater «la Xuxa española».
El repertorio de nombres que la propia audiencia recuerda apunta en la misma dirección:
Ana Obregón, Miriam Díaz Aroca o Beatriz Rico aparecen citadas como los rostros que concentraban las miradas de toda una generación que creció sin internet. Cuando el material disponible era escaso, el presentador de turno se convertía en referencia. Literalmente.
Ahí está la clave del asunto. Lo que hoy sería un expediente abierto, entonces era una anécdota de camerino que nadie consideraba denunciable. La discusión no es tanto si ocurría como si alguien tenía herramientas para nombrarlo.
El relato que incomoda: ni víctima ni arrepentida
El eco del testimonio se divide en dos corrientes bien distintas. Una parte del público valora que no vaya «llorando por las esquinas» ni se suba a una causa que no le corresponde, y lee la sinceridad como un rasgo poco habitual en el gremio. La otra sostiene que contar el manoseo a menores como una simpática tradición del oficio lo normaliza, y que el problema no es que ocurriera, sino que se siga explicando sin un ápice de incomodidad.
Entre ambas posiciones flota una coincidencia: nadie discute que el episodio ocurrió. Lo que se dirime es el marco con el que se cuenta, tres décadas después, en plena resaca de los relatos de responsabilidad retroactiva.
De mujer florero a fenómeno comercial
El dato que ordena todo lo demás es económico. La misma persona que a los
22 años hacía de escaparate en platós y podios ha reconstruido su carrera como un personaje deliberadamente esperpéntico. Hace el bufón, gira por pueblos con un espectáculo propio y ha convertido el ridículo en un modelo de negocio que factura. Lo reconocen incluso quienes no le perdonan el relato.
La simetría es incómoda: si de joven vendía carne, de mayor vende parodia. En ambos casos el producto es ella, y en ambos casos hay un público dispuesto a comprar. La diferencia es que ahora controla el relato y, sobre todo, el porcentaje.
Queda una cifra para cerrar.
Quinientos niños en una grada, todos en fila. Y la frase que lo explica mejor que cualquier análisis: «la carne vende».