Letras del Tesoro a 6 meses: el 2,6% y las comisiones de BBVA
Un certificado digital y la web del
Banco de España. Con eso basta para colocar dinero en letras del Tesoro al tipo de la última subasta reseñada:
2,599% a seis meses. Sin sucursal, sin gestor y sin fondo de deuda de por medio. El problema llega cuando el mismo trámite se intenta cerrar en ventanilla. Ahí el 2,6% empieza a encoger, y no precisamente por culpa del Tesoro.
¿Cuánto pagaron las letras del Tesoro en la última subasta?
Las letras a seis meses se colocaron al
2,599%, por encima del 2,092% de la emisión anterior y en el nivel más alto desde julio de 2012. Es el dato que abrió toda la conversación: la deuda a corto plazo español se financia ya a tipos que hacía una década no se veían. Un escalón semejante en pocas semanas no es ruido, es una tendencia.
El cuadro completo de las últimas subastas manejadas apunta en la misma dirección. Las letras a
nueve meses alcanzaron el 2,938%, por encima del 2,813% que dieron las de doce meses pocos días antes. Las de tres meses se quedaron en el 2,494%. Lo llamativo del caso es que el plazo más corto pague casi lo mismo que el largo: cuando la curva se aplana así, el mercado está diciendo algo sobre el que presta.
¿Se pueden comprar letras del Tesoro sin pasar por el banco?
Sí. El trámite directo se hace con el
certificado digital en la web del Banco de España, y con unos gastos de compra que en el hilo se dan por bajísimos, aunque sin cifra confirmada. Es, de hecho, la vía que provocó el enfado inicial: comprobar que el mismo papel se puede adquirir desde el sofá mientras la sucursal ofrece un producto empaquetado.
La duda que queda sobre la mesa es práctica: si esas letras se pueden vender antes del vencimiento en el mercado secundario o hay que esperar al vencimiento. La conclusión que se repite es que para plazos de tres a seis meses no merece la pena complicarse. Se compra, se cobra y punto.
Lo que cobra BBVA por el mismo papel
El detalle que hizo saltar la liebre fue la respuesta de una entidad,
BBVA, tras insistir lo suficiente: 0,5% anual de mantenimiento más 0,5% del cupón. Un total que en la práctica se come buena parte del rendimiento. Antes de llegar ahí, la respuesta había sido que eso era cosa de
Banca Privada. Cuando el cliente avisó de que lo haría por su cuenta desde casa, el tono cambió.
La comparación es sencilla: el mismo activo, el mismo riesgo emisor, dos precios distintos según dónde se firme. No es un problema de acceso, es de margen.
¿Qué riesgo tiene prestar al Estado español a seis meses?
Aquí arranca la parte incómoda. Un bloque de análisis sostiene que el sistema actual no es de financiación sino de
refinanciación: el Tesoro paga los vencimientos emitiendo deuda nueva, y si un día nadie compra, el problema deja de ser la deuda y pasa a ser el impago. Sobre esa base hay quien describe el mecanismo como una estructura piramidal en la que los intereses de los primeros salen del dinero de los siguientes.
Enfrente pesa un argumento simple: si esa dinámica no rompió entre 2008 y 2012, no tiene por qué romper ahora, y el banco central sigue teniendo margen para intervenir. A seis meses, el escenario de quita se antoja remoto incluso para los más críticos.
Hay un matiz que conviene no perder. Las letras pagan los intereses
por adelantado, no al vencimiento, y el capital se devuelve al final. Es la diferencia con un plazo fijo bancario, donde el cupón llega al final del periodo. Para el que busque liquidez inmediata, ese detalle cambia el calendario.
¿Y el oro y la plata?
La alternativa que se lanza cada vez que alguien compra deuda es siempre la misma: metales. En los seis meses anteriores, el
oro se revalorizó un 8,3% y la
plata un 23,83%. Son cifras que dejan en ridículo a cualquier letra a seis meses. La contrapartida, que nadie discute, es que ahí no hay vencimiento ni tipo garantizado: se compra y se reza, o se compra y se aguanta.
El cierre del razonamiento más escéptico no es técnico, es político. Hay quien sostiene que confiar en la devolución del Estado depende de que otro inversor compre la siguiente emisión, y maneja la cifra de unos 390.000 millones de ingresos frente a 533.000 de gasto —un déficit de 143.000 millones—. Con ese cuadro, la cadena no tiene pinta de romperse mañana. Tampoco de arreglarse.