Madrid necesita 900 bolsas de sangre al día y cada vez menos gente dona: ¿culpa del negocio farmacéutico o de la desconfianza?
¿Por qué demonios va a regalar uno su sangre si luego la venden a precio de oro? Esa es la pregunta que sobrevuela el último llamamiento de la Comunidad de Madrid, que alerta de una caída en el número de donantes y necesita 900 bolsas diarias para cubrir la demanda hospitalaria. La sangre no se fabrica, y el altruismo tiene un límite, sobre todo cuando el receptor final del plasma es una multinacional catalana con sede fiscal en Irlanda.
El negocio de la sangre: de la donación gratuita a la venta millonaria
El sistema español se basa en la gratuidad: el donante cede su sangre sin compensación económica, y luego Cruz Roja o los bancos de sangre la procesan y la venden a los hospitales. Pero el eslabón clave es Grifols, la compañía que controla el 100% del mercado de hemoderivados en España. Tercer mayor productor mundial de plasma, Grifols compra la sangre a los centros de donación –a veces a través de Cruz Roja– y la transforma en medicamentos que luego factura a precios de mercado. El año pasado, Cruz Roja recaudó 8 millones de euros en donaciones con la excusa de la DANA de Valencia, y destina más de 250 millones a acoger inmigrantes. El escepticismo cunde.
¿Pagar por donar? El ejemplo de Alemania y EE.UU.
Mientras en España se pide altruismo, en Alemania te pagan 30 euros por donación, en Austria 40, y en Estados Unidos la cifra puede rozar los 800 dólares si donas plasma con frecuencia. La diferencia es abismal, y muchos madrileños lo señalan: "Si quieren sangre, que paguen, como hacen en los países serios". También pesa el recuerdo de la pandemia: los no vacunados fueron señalados y ahora muchos se niegan a donar por principios. «Mi sangre es libre de grafeno», dicen unos; «Que done Illa», responden otros.
El factor inmigrante y la desconfianza institucional
Un dato recurrente en el análisis ciudadano es la escasa presencia de donantes entre la población inmigrante, que ha crecido en los últimos años. Mientras los servicios de urgencias están llenos de pacientes de origen extranjero, los centros de donación siguen siendo mayoritariamente españoles. La percepción de que el sistema se aprovecha del donante mientras financia políticas migratorias ha calado hondo. «Nos cobran impuestos hasta por respirar y encima quieren nuestra sangre gratis», resumen algunos.
La ironía final: ante la falta de donantes, la solución más sensata –pagar– choca con el modelo español. Pero mientras Grifols siga facturando millones, el altruismo se irá secando. Al final, quizá lo único que funcione sea el trueque: tu sangre a cambio de que te perdonen el IBI. O, como dice el refrán castizo, «sangre, sudor y lágrimas»… pero con tarifa.
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