Lo País: Lindsay Clancy abandonada por el sistema

Lo País: Lindsay Clancy abandonada por el sistema
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

El sistema de salud mental a menudo falla a las mujeres que sufren psicosis posparto, dejándolas sin el apoyo necesario y juzgándolas severamente cuando la enfermedad se manifiesta trágicamente. El caso de **Lindsay Clancy**, una madre acusada de un crimen atroz, ha puesto de manifiesto las grietas en el sistema de apoyo a la salud mental de las mujeres tras el parto.

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El sistema de salud mental a menudo falla a las mujeres que sufren psicosis posparto, dejándolas sin el apoyo necesario y juzgándolas severamente cuando la enfermedad se manifiesta trágicamente.

El doble rasero en la maternidad

El caso de Lindsay Clancy, una madre acusada de un crimen atroz, ha puesto de manifiesto las grietas en el sistema de apoyo a la salud mental de las mujeres tras el parto. La defensa argumenta que Clancy buscó ayuda médica repetidamente, pero fue desatendida por un sistema fragmentado. La fiscalía, por su parte, la presenta como una mujer con recursos que actuó con pleno conocimiento. Esta dicotomía resalta una tendencia histórica: la tendencia a ver a las madres que sufren problemas de salud mental como "monstruos" en lugar de víctimas de una enfermedad. Mary Shelley, en su novela *Frankenstein* de 1816, ya exploró este doble rasero. Su criatura, abandonada por su creador, se convierte en un monstruo debido a la falta de acogida y comprensión. La crítica feminista ha interpretado esta obra como un "mito del nacimiento", donde el verdadero horror reside en el abandono de la vida creada, no en su concepción. Shelley logra que compadezcamos al creador, un hombre, por una tragedia que culturalmente se atribuiría a una madre monstruosa.

La grieta del silencio y el juicio

La psicosis posparto, una condición médica reconocida, a menudo es ignorada en favor de la narrativa del "monstruo". Lindsay Clancy es retratada por la fiscalía como la "madre monstruo", una figura arquetípica que permite a la sociedad distanciarse del sufrimiento. Sin embargo, mujeres que han seguido de cerca el juicio, como documentó Stephanie McCrummen en *The Atlantic*, se ven reflejadas en la situación de Clancy. Estas mujeres comparten experiencias de pensamientos intrusivos, crisis económicas postparto y rechazos a programas de ayuda que, irónicamente, meses después aceptaron a otras mujeres en situaciones similares. Reconocen en Clancy la "destreza para enmascarar el derrumbe", una habilidad para ocultar el profundo agotamiento y la ambivalencia que a menudo acompañan a la maternidad real, tan alejada de la imagen idealizada que se exige.

El sistema y la negativa a acoger

La raíz del problema, como ya señalaba Mary Shelley hace dos siglos, no está en la criatura o en la madre que sufre, sino en la negativa a acoger y comprender. El sistema de salud mental, al condenar al silencio la "grieta" entre la maternidad idealizada y la vivida, juzga a quienes caen por ella como si hubieran elegido su destino. La afirmación de la fiscal de que el caso "no va del sistema de salud mental" es precisamente lo que estas mujeres perciben como el error fundamental. La falta de un marco para entenderse y la negación de la complejidad de la experiencia materna conducen a la tragedia. El monstruo, en última instancia, reside en la incapacidad de la sociedad y sus instituciones para ofrecer apoyo y compasión a las mujeres que luchan contra la enfermedad mental tras el parto.

Datos clave
  • *Lindsay Clancy**
  • Psicosis posparto
  • *Mary Shelley**
  • *1816**
Fuente: elpais.com
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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Lindsay Clancy y el monstruo de Frankenstein​


Mary Shelley ya diagnosticó ese doble rasero por el cual al varón lo dotamos de un dolor trágico que a una mujer siempre le negaríamos

i
(imagen visible para usuarios registrados)DEL HAMBRE
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MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN
06 SEPT 2026 - 05:30CEST

Un crimen atroz atrae siempre a la multitud, y ninguno como el de la progenitora que mata a sus descendientes. Pero las mujeres que han llenado durante semanas el juicio de Lindsay Clancyno acudían a un espectáculo, sino a mirarla de cerca, cuaderno en mano, buscando reconocer en ella algo propio. Lo ha contado Stephanie McCrummen en The Atlantic, en una crónica de atmósfera y de escucha que enfoca la cámara hacia atrás, a las dos filas de bancos donde se sientan estas peculiares espectadoras. Pero volvamos al juicio. La defensa retrata a una progenitora que pidió ayuda sin descanso (visitas al psiquiatra, medicaciones, urgencias) y fue abandonada por un sistema fragmentado; la Fiscalía, a una mujer con recursos que sabía lo que hacía. Yo, mientras la leía, pensaba en un monstruo de hace dos siglos. En 1816, con 18 años, Mary Shelley imaginó a un hombre que crea una vida y, en el instante en que su criatura abre los ojos, huye de la habitación, asqueado. De ese abandono nacerá una cadena de gloria. La crítica feminista Ellen Moers leyó Frankenstein como un “mito del nacimiento”, una novela sobre la maternidad cuyo verdadero pavor no es crear vida, sino abandonarla. Y lo decisivo es lo que Shelley hace con nuestra mirada: coloca a ese padre-creador exactamente allí donde la cultura pondría a una progenitora monstruosa (la que engendra y reniega) y consigue que lo compadezcamos, que veamos su tragedia. A Lindsay, la Fiscalía la muestra dejando a sus descendientes como juguetes rotos en el suelo del sótano: la progenitora monstruo, la categoría más antigua del repertorio y —por qué negarlo— la más cómoda para todos. Existe hasta el nombre médico, psicosis puerperal, y aun así elegimos el monstruo. Ese doble rasero también lo diagnosticó Shelley: al varón lo dotamos de un dolor trágico que a una mujer, por lo mismo, siempre le negaríamos.
Pero Shelley va más hondo. La criatura no nace monstruo, se vuelve monstruo porque nadie la acoge, porque no tiene lengua ni marco para entenderse y aprende a hablar y a leerse espiando a los De Lacey, fabricándose desde cero los conceptos que nadie le dio. Ese es, exactamente, el gesto de las mujeres de los bancos de madera en las que se fija McCrummen. En un estrado lleno de peritos, abogados y tecnicismos, una de ellas relata los pensamientos intrusivos que tuvo con su bebé; otra, que tras dar a luz vació su cuenta y escribió una nota de despedida, y solo se salvó porque la ingresaron en el mismo programa que un mes antes había rechazado a Lindsay. Otra recuerda el psiquiátrico y los electroshocks de los años setenta; otra cuenta que voló desde Cleveland porque reconoce en Lindsay su misma destreza para enmascarar el derrumbe. Ninguna dice: “Yo lo haría”. Dicen: “Yo estuve en ese lugar y nadie lo nombró”. Lo que caracteriza a estas mujeres es que se reconocen en la zona callada que rodea el crimen, en la distancia entre la maternidad que se nos exige, idealizada y sin sombra, y la que se vive de verdad, ambivalente, agotada, atravesada de pensamientos que no está permitido confesar. Adrienne Rich nombró esa grieta hace medio siglo y en ella han vivido casi todas. Lo que ilumina Lindsay es un sistema que primero condena al silencio esa grieta y luego juzga a quien cae por ella como si la hubiera elegido. Por eso, cuando la fiscal abrió su alegato con un “Esto no va del sistema de salud mental”, una de ellas murmuró para sí: “Sí que va”. Mary Shelley lo escribió hace dos siglos: el monstruo nunca estuvo en la criatura, sino en la negativa a recibirla.
 

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También muchos de los hombres que matan a sus mujeres han tenido problemas de salud mental y han sido abandonados por el sistema.
Resulta ahora que Frankestein es una novela feminista, y que Mary Shelley la escribió como crítica al privilegio masculino de poder rechazar a sus descendientes.
 
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