Rufián y el relato de las cloacas: qué sostiene la acusación
Hay una sospecha que reaparece cada cierto tiempo en los mentideros políticos: que Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso, no sería un producto espontáneo del independentismo catalán, sino una pieza colocada desde los aparatos del Estado. La tesis se apoya menos en pruebas que en una intuición incómoda: si resulta tan eficaz en el atril y a la vez tan molesto para su propio partido, algo no cuadra. Estos días la conversación ha vuelto a encenderse a raíz de una nueva sesión parlamentaria y de un supuesto comentario de Jordi Turull que, según quienes lo difunden, apuntaría en esa dirección.
¿De dónde sale la sospecha de que Rufián es un invento?
La hipótesis se enlaza con el caso del
«tres per cent», el presunto sistema de comisiones que se atribuyó a la antigua Convergència. El paralelismo que se maneja es sencillo: cuando un partido se ve acorralado, brotan relatos que hasta entonces nadie ponía por escrito. Con el tiempo esa conexión no se ha confirmado, pero tampoco ha dejado de circular. La versión más cínica la resume una idea repetida: que la filtración llega siempre desde dentro y en el momento más oportuno. De ahí al salto de que el propio Rufián forma parte del montaje hay un trecho que nadie ha documentado.
Conviene fijar dónde está el suelo firme. Que Rufián incomode dentro de su propio espacio político es algo que sostienen quienes difunden la sospecha; que sea un agente de los aparatos del Estado es una acusación sin un solo papel que la sostenga. Confundir lo primero con lo segundo es el error habitual de este tipo de relatos, y también el más rentable en términos de audiencia.
Las grietas internas del independentismo
El argumento con más recorrido no es el de las cloacas, sino el de la guerra interna. En el espacio político al que pertenece Rufián conviven sensibilidades que llevan años midiéndose, y la relación entre sus principales figuras —de Oriol Junqueras a Turull— habría pasado, según estos comentarios, por fases de desconfianza. Quien defiende la teoría del montaje suele apoyarse justo ahí: si dentro de su propio partido hay quien no le soporta, tal vez sea porque saben algo que el resto no conoce.
Es un razonamiento circular, del tipo «lo sé porque me lo creo». Y aun así explica por qué la hipótesis nunca muere. Resulta cómoda para todos: para quien critica a Rufián sin necesidad de argumentos, y para quien lo defiende como mártir de una cacería.
El atril como personaje: folios, billete y «o llaves o billete»
Lo que sí está sobre la mesa es el estilo. La puesta en escena en el escaño —el manejo de folios, el recurso a un billete de 50 euros como atrezo, la fórmula
«o llaves o billete»— ha convertido cada intervención en un pequeño espectáculo. Ese registro le ha granjeado tanto aplausos como reproches de quienes consideran que un Parlamento no es un plató.
La crítica más repetida no es que sea un infiltrado, sino que se ha pasado de frenada. Se argumenta que el personaje se ha comido al político y que el exceso de teatralidad le resta credibilidad justo cuando más la necesitaba. Otros sostienen lo contrario: que esa es precisamente su función, incomodar y ocupar el hueco que dejan los discursos más planos.
A la conversación se suma el ruido mediático sobre su vida personal, alimentado por determinados medios, que poco aporta al fondo del asunto y mucho al espectáculo.
El rastro de las cloacas, si existe, sigue sin aparecer. Lo que queda es una figura que incomoda a propios y ajenos, y una duda que nadie termina de cerrar: si es tan bueno en el papel, ¿por qué su propio partido lo mira de reojo?